LA CARTA DEL RESTAURADOR BAJO SOSPECHA
Un muy cercano de Lakhsmi afirma, que participó en su montaje
y explica cómo se habría construido el documento
Durante décadas, una carta atribuida a Samael Aun Weor ocupó un lugar
extraordinario dentro de una parte del movimiento gnóstico posterior a su
muerte.
Es la conocida “Carta del Restaurador”.
Sobre ella se construyó mucho más que una interpretación doctrinal. La
figura del “Restaurador” pasó a formar parte del discurso institucional que
presentó a
Lakhsmi Daimon —Teófilo Bustos— como encargado de una restauración de las
instituciones gnósticas.
El propio material histórico vinculado a ese movimiento, después de interpretar la fotocopia a su manera, presenta a Lakhsmi
expresamente como “el Restaurador” y describe posteriormente una estructura
internacional compuesta, entre otros órganos, por los doce Sacerdotes
Instructores designados en el Congreso de La Grita, Venezuela, en agosto de
1995.
Pero existe una pregunta que durante años quedó flotando:
¿Dónde está el original de la Carta del Restaurador?
Hoy esa vieja pregunta adquiere una dimensión completamente diferente.
Porque ya no estamos únicamente frente a personas que dicen no haber visto
nunca el original.
Estamos ante el testimonio de un participate directo del círculo de confianza de Lakhsmi, quien afirma haber participado personalmente en la adaptación y montaje del documento
que posteriormente fue presentado como la Carta del Restaurador.
UNA DUDA QUE NO COMENZÓ HOY
COMENZO EN LOS 90 CUANDO SE PEDIA EL ORIGINAL.
En marzo de 2011, El Pueblo Gnóstico publicó documentación y
testimonios relacionados con la polémica Carta del Restaurador.
En aquella publicación apareció una afirmación particularmente
significativa.
Una persona vinculada al movimiento relató que, después de haber aceptado
durante años que Lakhsmi era el Restaurador y de haber solicitado conocer el
documento que sustentaba esa afirmación, finalmente tuvo acceso a la famosa
carta.
Lo que vio —según aquel testimonio— no era un original.
Era una fotocopia.
La misma intervención afirmaba que nunca habían podido acceder al supuesto
original y desafiaba públicamente a la dirigencia a exhibirlo. También
señalaba que la carta que había visto no identificaba expresamente a Lakhsmi
como destinatario ni como Restaurador.
Eso fue publicado en 2011.
Por lo tanto, la ausencia del original y las sospechas acerca de la
procedencia documental de aquella carta
son muy anteriores al testimonio que presentamos ahora.
Durante años faltaba, sin embargo, una pieza fundamental:
Alguien que hubiera estado adentro.
EL TESTIMONIO DE UN PARTICIPE
EL/LA PARTICIPE no se presenta
como alguien que llegó décadas después.
Su relevancia deriva precisamente de lo contrario.
Según el testimonio que hemos recibido, fue participe durante una etapa anterior y afirma haber organizado personalmente aquel hecho.
Posteriormente se trasladó a La Grita.
Es decir: estamos hablando de
alguien dentro del círculo institucional donde circulaban los
documentos que hoy estamos examinando.
Y su declaración es extraordinariamente concreta.
Al referirse a la documentación utilizada para sustentar la restauración, afirma:
“Hicimos una adaptación. Yo la hice.”
Y luego agrega una frase todavía más delicada:
“Nosotros (varios cómplices) plasmamos allí la firma del maestro Samael.”
No está diciendo:
“me contaron”.
No dice:
“supongo”.
No dice:
“años después descubrí que probablemente era falsa”.
Se atribuye participación personal.
¿CÓMO SE HABRÍA HECHO?
El procedimiento que describe es rudimentario pero perfectamente compatible
con la tecnología documental disponible antes de la edición digital.
Según menciona se trabajaba sobre fotocopias.
Se recortaban partes de documentos existentes, se incorporaban fragmentos
procedentes de otras cartas, se colocaban físicamente sobre otra hoja y
luego todo el conjunto volvía a pasar por una fotocopiadora.
La nueva reproducción eliminaba visualmente buena parte de las uniones.
El resultado ya no parecía un conjunto de fragmentos pegados.
Parecía una sola fotocopia.
Según la explicación aportada a esta investigación,
la firma atribuida a Samael habría sido obtenida de otra reproducción y
colocada en el documento mediante ese mismo procedimiento.
Eso explicaría un elemento que durante décadas llamó la atención:
que jamás apareciera un original manuscrito o mecanografiado equivalente
a la versión difundida, sino solamente reproducciones fotocopiadas.
Se utiliza una palabra particularmente reveladora para describirlo:
“montado”.
Y sostiene que un examen técnico exhaustivo podría advertir esa
composición.
LA CARTA QUE EXISTÍA ANTES
Aquí aparece una distinción fundamental.
No se afirma que jamás hubiera existido ningún documento previo
relacionado con un “restaurador”.
Su relato es más complejo.
Sostiene haber conocido aproximadamente en mayo de 1975 una carta
que circulaba en Colombia anexada a comunicaciones distribuidas dentro de la
Iglesia Gnóstica Cristiana Universal de Colombia.
Aquello que recuerda haber recibido eran fotocopias.
Según su testimonio, copias de ese material circularon ampliamente por
diferentes santuarios colombianos.
Nunca vio el supuesto original.
Y, según explica, aquella versión inicial hablaba de manera vaga o
indirecta sobre un futuro restaurador, pero
no identificaba claramente a Teófilo Bustos/Lakhsmi como tal.
Lo expresa de manera sencilla:
se hicieron “arreglos” para orientarlo hacia la misión que Lakhsmi
comenzaría a desarrollar.
Ese punto es decisivo.
Porque una cosa sería que Samael hubiera dejado un documento inequívoco
designando a Teófilo Bustos como Restaurador.
Y otra radicalmente distinta sería que un documento anterior, genérico o
ambiguo, hubiera sido posteriormente
adaptado para producir esa interpretación.
“ERA LA ÚNICA MANERA”
El testimonio incluye además algo que rara vez aparece cuando se investigan
documentos presuntamente manipulados:
una explicación del motivo.
Describe las dificultades que Lakhsmi habría encontrado para desarrollar una misión internacional y afirma que necesitaba una autorización que proporcionara legitimidad ante los estudiantes.
Según su relato, sin un aval atribuido directamente a Samael, difícilmente
habría conseguido la aceptación necesaria.
Lo expresa aproximadamente en estos términos:
si aparecía el aval del maestro Samael, “ahí cambiaba la historia”.
No presenta esa operación como un acto que, desde su perspectiva de entonces, buscara destruir la enseñanza.
Por el contrario, intenta justificarla alegando que Lakhsmi necesitaba
aquellas herramientas para poder desarrollar su misión.
Precisamente por eso su declaración resulta especialmente
significativa.
No habla como un adversario que atribuye a otros una maniobra. Habla como
alguien que explica por qué esta persona habría colaborado con ella.
Eso no demuestra automáticamente cada aspecto de su narración.
Pero sí modifica sustancialmente el valor testimonial.
EL ARCHIVO QUE TERMINÓ EN EL FUEGO
Hay un segundo episodio extraordinario en su relato.
Después del Congreso realizado en Argentina en 1990, Lakhsmi regresó al
Lumen.
Para posicionarnos históricamente , el archivo estaba principalmente en manos de Marcial Oliveira.
El archivo que estaba cuidadosamente organizado fue
retirado.
Documentos, correspondencia y comunicaciones habrían sido reunidos en un
lugar del monasterio y posteriormente quemados.
Y aquí nuevamente realiza una afirmación de conocimiento directo:
dice haber presenciado la quema del archivo.
Describe incluso a Lakhsmi junto al fuego, removiendo los documentos con un
palo mientras ardían.
Según CUENTA, entre aquel material se encontraban comunicaciones y
documentación relacionada con estas autorizaciones.
Esta investigación ha recibido además referencias acerca de
otros antiguos estudiantes que aseguran haber presenciado aquella
quema. Algunos prefieren actualmente preservar su identidad.
Hasta que esos testimonios sean documentados individualmente, deben
considerarse fuentes corroborativas pendientes y no prueba independiente
publicada.
Pero la afirmación principal
es inequívoca:
Sostiene haber estado presente, directamente.
UN ARCHIVO SIN ORIGINAL
Aquí aparece una paradoja documental enorme.
Durante años se respondió a las dudas sobre la Carta del Restaurador
mostrando una fotocopia.
Pero precisamente la inexistencia del original es uno de los problemas
centrales.
Ya en el año 2000 antiguos miembros señalaban públicamente que habían conocido
únicamente una fotocopia y reclamaban la exhibición del supuesto
original.
Ahora aparece una persona afirmando que
el documento difundido fue construido mediante un montaje de
fotocopias.
Si su testimonio es correcto, entonces preguntar dónde está el original
podría contener una equivocación conceptual:
el “original” de la versión posteriormente difundida quizás nunca haya
existido como una carta original de Samael.
Habría existido, en cambio, un montaje físico.
Y después, una fotocopia de ese montaje.
DEL DOCUMENTO A LA AUTORIDAD
Este asunto no constituye una discusión paleográfica sin consecuencias.
La figura del “Restaurador” tuvo posteriormente una relevancia
institucional explícita.
Documentación vinculada a ese movimiento habla abiertamente de
“Lakhsmi Daimon, el Restaurador”, de su “misión de Restaurador” y de
las estructuras doctrinales e institucionales establecidas bajo esa
restauración.
Incluso publicaciones del propio universo gnóstico posteriores continuaban
definiendo a Lakhsmi como
“Restaurador de las Instituciones Gnósticas”.
Por eso la autenticidad del documento no es una cuestión menor.
La cadena que debe examinarse es ésta:
Carta atribuida a Samael
↓
Anuncio de un Restaurador
↓
Identificación de Lakhsmi con ese Restaurador
↓
Autoridad para emprender la “restauración”
↓
Reorganización y nuevas estructuras institucionales
↓
Autoridades posteriores que reciben legitimidad de esa estructura
Si el documento utilizado para sostener el primer tramo de esa cadena fue
alterado, la pregunta histórica resulta inevitable:
¿qué ocurre con todo aquello cuya legitimidad se hizo descansar en esa
interpretación?
No estamos afirmando que automáticamente desaparezca toda doctrina, toda
organización o todo acto realizado posteriormente.
Eso sería intelectualmente irresponsable.
Estamos planteando algo mucho más preciso:
toda autoridad que invoque aquella carta como prueba de una designación
proveniente de Samael debe volver a demostrar su fundamento si la
autenticidad del documento queda seriamente cuestionada.
LOS DOCE Y LA CONTINUIDAD DE LA RESTAURACIÓN
Después vendría La Grita.
En agosto de 1995 fueron nombrados los doce Sacerdotes Instructores que
formarían parte del Consejo Ejecutivo Internacional. La existencia de esos
doce y su integración en esa estructura aparece expresamente relatada en
documentación histórica del propio ámbito gnóstico.
Años después, esas estructuras continuarían invocando la restauración
realizada por Lakhsmi como fundamento institucional.
Y allí aparece la pregunta que ya no puede evitarse:
si el título de Restaurador fue legitimado mediante una carta
intervenida, ¿qué parte de la autoridad posterior dependió de aquella
construcción?
Esta pregunta alcanza necesariamente a quienes posteriormente se
proclamaron continuadores, intérpretes o herederos de aquella
restauración.
No porque todos ellos hubieran participado del supuesto montaje.
Eso sería absurdo y no existe prueba de semejante cosa.
Sino porque
una sucesión no puede transmitir más legitimidad documental que la que
posee su punto de origen.
GLADYS REMOLINA MORENO Y EL CÍRCULO INTERNO
Persona de proximidad histórica merece ser señalada.
Entonces vinculada
familiarmente, esposa de
Lakhsmi.
Su ubicación dentro del círculo personal inmediato la convierte en una
persona históricamente cercana.
La historia documental debe construirse con pruebas.
MARCIAL OLIVEIRA: EL ESLABÓN DE LA SECRETARÍA
Lo coloca en una posición históricamente relevante para entender qué ocurrió con la documentación del Lumen.
Lo sitúa dentro de la cadena administrativa y del período en que los documentos permanecían en el monasterio.
Bien sabemos quién es la persona que confiesa los hechos, tranquilamente podrían ser cualesquiera de los mencionados u otras... Sería cuestión que comiencen a atar los cabos sueltos y hacer las preguntas correctas.
LA PREGUNTA QUE DURÓ MÁS DE 30 AÑOS
En 2011 El Pueblo Gnóstico preguntaba:
¿Dónde está la Carta original del Restaurador?
Quince años después, esa pregunta puede haber encontrado una respuesta
inesperada.
No en un archivo.
No en una bóveda.
No detrás de una nueva fotocopia.
Sino en la voz de alguien que estuvo allí.
Miembro que afirma:
“Hicimos una adaptación. Yo la hice.”
Que explica:
“Plasmamos allí la firma del maestro Samael.”
Y que describe el procedimiento mediante el cual fragmentos de diferentes
reproducciones habrían sido colocados, recompuestos y nuevamente
fotocopiados hasta producir un único documento.
¿Dónde está el original?
La pregunta sería mucho más incómoda:
¿EXISTIÓ ALGUNA VEZ ESE ORIGINAL?
Y si la respuesta termina siendo negativa, entonces habrá otra pregunta que
cada institución surgida de aquella restauración deberá responder por sí
misma:
¿sobre qué documento verdadero se construyó su legitimidad?
Porque una creencia puede sostenerse sobre la fe.
Una doctrina puede sostenerse sobre una interpretación.
Pero cuando alguien afirma que una autoridad fue conferida mediante
un documento histórico, ese documento puede —y debe— ser
examinado.
Y una fotocopia no se convierte en original por haber sido repetida durante
cuarenta años.
SEGUNDA PARTE
LOS CONTINUADORES DE UNA RESTAURACIÓN SIN DOCUMENTO AUTÉNTICO
El problema de la Carta del Restaurador no termina con Lakhsmi.
En realidad, allí comienza el problema más incómodo.
Porque después de Lakhsmi aparecieron personas, autoridades y
organizaciones que se presentaron como
continuadores de aquella restauración, herederos de una misión,
custodios de una autoridad espiritual o representantes de una línea que
—según ese mismo relato— habría comenzado con una designación procedente del
maestro Samael Aun Weor.
Pero existe una dificultad elemental:
nadie puede heredar documentalmente una autoridad que su antecesor nunca
recibió mediante un documento auténtico.
Si el punto de partida de la restauración fue la llamada Carta del
Restaurador y esa carta fue, como
se afirma , posteriormente
adaptada y montada utilizando fragmentos de fotocopias y una firma atribuida
a Samael tomada de otra reproducción, entonces todos los continuadores
posteriores enfrentan exactamente el mismo problema.
No importa cuántas décadas hayan transcurrido.
No importa cuántas ceremonias se hayan celebrado.
No importa cuántos títulos hayan sido conferidos.
No importa cuántos consejos, iglesias, asociaciones o estructuras
internacionales se hayan formado.
Una reproducción repetida durante cuarenta o cincuenta años
no adquiere autenticidad por antigüedad.
NO SE HEREDA LO QUE NUNCA FUE OTORGADO
Imaginemos por un momento cualquier otra situación.
Una persona presenta un documento mediante el cual afirma haber recibido
determinada autoridad.
Después designa sucesores.
Esos sucesores designan nuevos sucesores.
Décadas más tarde existen varias generaciones que reivindican aquella
transmisión.
Pero entonces aparece evidencia seria de que
el primer documento nunca otorgó realmente aquello que se le atribuyó.
¿Qué ocurre?
Los nombramientos posteriores pueden haber existido.
Las organizaciones pueden existir.
Sus integrantes pueden creer sinceramente en ellas.
Pero la cadena documental utilizada para demostrar la autoridad original
queda rota en su primer eslabón.
Eso es exactamente lo que hoy debe examinarse respecto de la denominada
Restauración Gnóstica.
La pregunta ya no es solamente:
¿quién sucedió a Lakhsmi?
Hay una pregunta anterior:
¿QUÉ AUTORIDAD DOCUMENTAL TENÍA LAKHSMI PARA TRANSMITIR?
Porque antes de discutir herederos hay que demostrar la herencia.
EL ERROR DE DISCUTIR QUIÉN ES EL NUEVO RESTAURADOR
Durante años las disputas internas se concentraron en nombres.
Quién era el verdadero sucesor.
Quién tenía el cargo.
Quién había recibido determinada investidura.
Quién representaba al Consejo.
Quién era el legítimo continuador.
Quién encarnaba posteriormente la restauración.
Incluso han aparecido proclamaciones y denominaciones todavía más
grandilocuentes alrededor de figuras presentadas como continuadores de
aquella misión.
Pero posiblemente toda esa discusión haya comenzado demasiado tarde.
Antes de preguntar quién heredó la restauración, había que
preguntar:
¿existió realmente el documento mediante el cual Samael habría
establecido aquella restauración en los términos posteriormente
proclamados?
Si la respuesta documental es negativa, entonces la pelea por determinar
quién ocupa hoy ese lugar pierde buena parte de su fundamento histórico.
Sería discutir quién posee las llaves de una casa antes de demostrar que la
casa perteneció alguna vez a quien empezó a repartir las llaves.
LA AUTORIDAD DE LA IGCA CEI TAMBIÉN DEBE SER EXAMINADA
Esto afecta especialmente a la IGCA CEI y a toda estructura que
fundamente su continuidad en la restauración iniciada por Lakhsmi.
La cuestión no consiste en afirmar que cada integrante actual conociera lo
ocurrido décadas atrás.
Sería absurdo.
Muchos pudieron recibir una historia ya construida y aceptarla de buena
fe.
El problema es institucional.
Si la organización sostiene que su legitimidad procede de una cadena
iniciada por un Restaurador designado o anunciado por Samael, entonces tiene
que poder demostrar el primer eslabón de esa cadena.
Y no alcanza con mostrar nuevamente la misma fotocopia cuestionada.
Porque precisamente
esa fotocopia es el objeto de la controversia.
Tampoco alcanza con afirmar que durante décadas fue aceptada.
La aceptación colectiva demuestra una creencia histórica.
No demuestra autenticidad documental.
LOGOS MICAEL Y EL PROBLEMA DEL “REY RESTAURADOR”
El mismo razonamiento alcanza a quienes posteriormente utilizan expresiones
como “Restaurador”, “continuador de la restauración” o incluso
“Rey Restaurador”, cuando esas denominaciones pretenden insertarse
dentro de la misma línea histórica.
Aquí tampoco importa inicialmente determinar quién posee mayor jerarquía
espiritual según sus seguidores.
Eso pertenece al terreno de la creencia.
El problema que estamos examinando es histórico y documental.
Si alguien afirma continuar una misión conferida originalmente mediante una
determinada autorización, debe poder demostrar:
primero, que esa autorización existió;
segundo, que decía aquello que posteriormente se afirmó que decía;
tercero, que identificaba realmente al supuesto primer Restaurador;
y cuarto, que existía algún mecanismo legítimo de transmisión de esa
autoridad.
Si falla el primer punto, los otros tres quedan suspendidos.
Por eso nadie puede resolver este problema proclamándose un nuevo
Restaurador.
Un título posterior no autentica retrospectivamente el documento
anterior.
UNA PROCLAMACIÓN NO PUEDE CURAR UN DOCUMENTO
Existe una confusión muy frecuente dentro de organizaciones religiosas y
esotéricas:
creer que el reconocimiento posterior puede reparar un defecto del
origen.
No funciona así.
Mil personas pueden reconocer a alguien como sucesor.
Una institución puede emitir decretos.
Puede celebrarse un congreso.
Puede redactarse un acta.
Pueden colocarse sellos, firmas, cargos y títulos.
Todo eso puede demostrar que
esas personas reconocieron determinada autoridad en determinado
momento.
Pero no puede demostrar que Samael haya firmado décadas antes una carta que
no firmó.
Son dos cuestiones diferentes.
La legitimidad contemporánea otorgada por una comunidad puede existir por
sí misma.
Pero entonces debe reconocerse como lo que es:
una autoridad conferida posteriormente por esa comunidad.
No puede presentarse automáticamente como una autoridad histórica recibida
de Samael si precisamente el documento utilizado para demostrar esa
transmisión está seriamente cuestionado.
EL DILEMA DE LOS CONTINUADORES
Los actuales continuadores de esa línea enfrentan entonces un dilema
extremadamente simple.
Pueden decir:
“Nuestra autoridad no depende de la Carta del Restaurador.”
Perfecto.
Pero entonces deberán explicar cuál es el documento, mecanismo o hecho
histórico diferente que establece su legitimidad.
O pueden afirmar:
“Nuestra autoridad sí deriva de la restauración iniciada por Lakhsmi y
respaldada por esa carta.”
En ese caso deberán enfrentar directamente la cuestión de la autenticidad
del documento.
Lo que ya no resulta suficiente es sostener simultáneamente:
“Nuestra legitimidad proviene de aquella restauración”
y, cuando se pregunta por el documento fundador:
“La autenticidad de la carta no importa.”
Si la carta fue utilizada para justificar la autoridad, entonces su
autenticidad importa.
Y mucho.
LA RESTAURACIÓN PODRÍA HABER EXISTIDO COMO PROYECTO, PERO NO COMO MANDATO
DE SAMAEL
Hay aquí una diferencia fundamental que debe quedar clara.
Lakhsmi pudo haber desarrollado una enorme obra organizativa.
Pudo haber formado misioneros.
Pudo haber creado instituciones.
Pudo haber expandido centros.
Pudo haber escrito, enseñado y organizado durante décadas.
Nada de eso desaparece porque una carta resulte apócrifa o modificada.
Son hechos históricos independientes.
Lo que sí cambiaría radicalmente sería otra afirmación:
que aquella obra fue realizada en cumplimiento de un mandato específico
dejado por Samael mediante esa carta.
Una cosa es decir:
“Lakhsmi decidió emprender una restauración.”
Otra completamente distinta es afirmar:
“Samael lo había anunciado o autorizado como Restaurador.”
La primera puede demostrarse por los actos de Lakhsmi.
La segunda necesita demostrar el documento atribuido a Samael.
Y allí se encuentra actualmente el problema.
DE LAKSHMI A LOS DOCE
La misma cuestión alcanza posteriormente a los doce Sacerdotes Instructores
y a las estructuras formadas alrededor de ellos.
Que hayan sido designados posteriormente por Lakhsmi puede constituir un
hecho histórico.
Pero nuevamente hay que distinguir dos niveles.
Una cosa es:
Lakhsmi los designó.
Otra:
Lakhsmi tenía una autoridad proveniente directamente de Samael que
posteriormente transmitió mediante esas designaciones.
La primera afirmación depende de documentos y testimonios relativos a los
nombramientos.
La segunda retrocede necesariamente hasta la fuente de legitimidad del
propio Lakhsmi.
Y si esa fuente vuelve una y otra vez a la Carta del Restaurador, llegamos
nuevamente al mismo punto.
UNA CADENA NO ES MÁS FUERTE QUE SU PRIMER ESLABÓN
Podemos resumir todo el problema mediante una sola secuencia:
Samael
↓
Carta del Restaurador
↓
Lakhsmi como Restaurador
↓
Restauración institucional
↓
Doce Sacerdotes Instructores
↓
Consejos y autoridades posteriores
↓
IGCA CEI y otras ramas
↓
Nuevos proclamados continuadores
Durante años las discusiones se desarrollaron principalmente en la mitad
inferior de esa cadena.
Quién tenía autoridad.
Quién traicionó a quién.
Quién fue apartado.
Quién sucedió a quién.
Quién continúa actualmente la obra.
Pero el testimonio recibido obliga a mirar nuevamente
el segundo eslabón.
La carta.
Porque si ese eslabón fue construido artificialmente, toda persona situada
debajo de él tendrá que explicar de dónde obtiene la autoridad histórica que
reivindica.
No necesariamente perderá su organización.
No necesariamente perderá seguidores.
No necesariamente perderá su derecho a enseñar aquello que crea.
Pero sí pierde automáticamente la posibilidad de utilizar tranquilamente
aquel documento como prueba hasta que pueda demostrar su autenticidad.
NADIE PUEDE RESTAURAR UNA RESTAURACIÓN INVENTANDO OTRO RESTAURADOR
Existe finalmente una paradoja casi perfecta.
Si después de Lakhsmi diferentes personas se proclaman sucesivamente
herederos, continuadores o nuevos restauradores, pero todas dependen en
último término del relato construido alrededor de aquella primera
designación,
cada nueva proclamación agranda la construcción pero no resuelve el
problema de sus cimientos.
Poner otro piso sobre un edificio no fortalece una base defectuosa.
Agregar otro título tampoco autentica una carta.
Y proclamar un nuevo Restaurador no demuestra que el anterior haya recibido
legítimamente ese mandato.
Antes de seguir agregando nombres a la sucesión habría que responder una
pregunta mucho más sencilla:
¿DÓNDE ESTÁ EL ACTO AUTÉNTICO DE SAMAEL QUE INICIÓ ESA SUCESIÓN?
Si existe, que se exhiba.
Que pueda examinarse.
Que se determine su procedencia.
Que se establezca su fecha.
Que pueda analizarse su texto.
Que pueda estudiarse su firma.
Y, sobre todo, que pueda explicarse por qué durante décadas aquello que
circuló fue una fotocopia mientras una persona afirma haber
participado personalmente en su montaje.
EL PROBLEMA YA NO ES CREER O NO CREER
Llegados a este punto, responder simplemente:
“Yo creo en mi maestro”
no resuelve nada.
Tampoco lo resuelve afirmar:
“Yo sé internamente quién es el Restaurador.”
Eso puede ser perfectamente legítimo como experiencia religiosa
personal.
Pero no constituye prueba histórica.
Si la autoridad se quiere sostener exclusivamente en una experiencia
espiritual, entonces debe presentarse como experiencia espiritual.
Si se sostiene en una transmisión institucional, debe demostrarse esa
transmisión.
Y si se sostiene en un documento histórico atribuido a Samael,
el documento debe resistir el examen histórico.
No se pueden cambiar las reglas según aparezcan las preguntas.
LA PREGUNTA QUE AHORA DEBEN RESPONDER TODOS LOS CONTINUADORES
Por eso el debate deja de ser una guerra entre organizaciones
gnósticas.
Ya no interesa inicialmente quién tiene más seguidores.
Quién posee más templos.
Quién conserva determinado sello.
Quién tiene determinado registro.
Quién ocupa determinada silla.
Quién se proclama Restaurador, Rey Restaurador o sucesor.
La pregunta anterior a todas ellas es mucho más sencilla:
¿Qué documento auténtico demuestra que Samael inició esa cadena de
restauración?
Porque si el documento presentado durante décadas como fundamento fue
efectivamente reconstruido, adaptado y montado posteriormente —tal como se
afirma —, entonces ningún sucesor puede resolver el problema diciendo
simplemente:
“Yo continúo la restauración.”
Para continuar algo primero hay que demostrar que aquello que se pretende
continuar existió en los términos que se dijeron.
Y ésta es precisamente la discusión que durante décadas se evitó.
Ya no alcanza con preguntar quién continúa al Restaurador.
Primero habrá que responder:
¿QUIÉN DEMUESTRA QUE SAMAEL NOMBRÓ ALGUNA VEZ A ESE RESTAURADOR?
Durante años, la inmensa mayoría aceptó la Carta del Restaurador tal como
se la presentaban.
La vio reproducida.
La escuchó citar.
Aceptó la explicación oficial.
Y continuó adelante.
Pero
hubo unos pocos que hicieron la pregunta elemental que cualquier
investigador habría hecho desde el comienzo:
“Queremos ver el original.”
No otra fotocopia.
No una reproducción de una reproducción.
No una transcripción.
No una explicación acerca de dónde supuestamente había estado guardado.
El documento original.
Según testimonios de antiguos miembros recogidos a lo largo de los años,
esa insistencia no siempre fue bien recibida dentro de la institución.
Algunos de quienes comenzaron a cuestionar la procedencia de la carta, a
exigir que se exhibiera el original o a poner en duda determinadas
explicaciones oficiales terminaron enfrentados con la dirigencia; algunos
fueron posteriormente apartados o expulsados.
Esto resulta particularmente significativo visto desde la perspectiva
actual.
Porque aquellas personas no estaban necesariamente cuestionando toda la
enseñanza gnóstica.
Estaban pidiendo algo mucho más sencillo:
ver el documento sobre el cual se estaba apoyando una afirmación
extraordinariamente importante.
Si Samael había dejado una comunicación que anunciaba o legitimaba al
Restaurador, ¿por qué resultaba problemático pedir que se exhibiera?
La pregunta era razonable entonces.
Hoy lo es todavía más.
Porque el testimonio introduce una explicación perturbadora acerca de por
qué aquel original nunca aparecía:
La versión utilizada como Carta del Restaurador
habría sido confeccionada mediante un montaje de fotocopias.
De ser correcta la declaración, aquellos estudiantes que durante años
preguntaron dónde estaba el original estaban buscando algo que, en los
términos en que posteriormente se presentó la carta, posiblemente
nunca existió.
Y allí surge una de las ironías más duras de toda esta historia.
Algunos fueron señalados como conflictivos.
Otros como desobedientes.
Otros terminaron alejados.
Algunos, según testimonios internos, habrían sido incluso apartados después
de insistir en que se mostrara el documento auténtico.
Pero la pregunta que formulaban era exactamente la pregunta correcta:
¿DÓNDE ESTÁ EL ORIGINAL?
Y si una institución llegó a sancionar, apartar o expulsar personas
simplemente por exigir que se exhibiera el documento en el cual se apoyaba
una parte de su legitimidad histórica, entonces ese hecho también merece ser
revisado.
Porque pedir pruebas no constituye una traición.
Y preguntar por el original de un documento
no debería convertirse jamás en motivo de expulsión para quien pretende
conocer la verdad de su propia historia institucional.
QUIENES SABIAN Y SABEN DE ESTO, JUAN CAPASO, EUGENIO CONTRERAS, GERARDO SANCHEZ, MARCIAL OLIVERA, GAMALIEL MARQUEZ, MOISES MARQUEZ, ARNALDO RIVEROS, GLADYS, DANIEL CASTILLO, EL CAPITAN MORA,EL MAESTRO EUGHINS, Y ALGUNO MAS DE LA EPOCA QUE VIVIAN ALLI Y SABEN TODO O ALGUNA PARTE Y NUNCA VAN A CONTAR LA VERDAD PORQUE SE LES CAE EL CASTILLO DE NAIPES.
"NO"
Y PREPARENSE...
Es la primera vez que se falsifica la firma del Maestro Samael?……..no , en la creación de la iglesia gnóstica cristiana universal de Venezuela se firmo por el y la justicia lo descubrió.
En el cuerpo técnico de policía Judicial (actual CICPC) de Venezuela, se
hizo constar en la delegación de San Cristobal Estado Tachira, el dia 27 de
mayo del año 1980, en el expediente EG-000426 lo siguiente
"La Firma que como el otorgante (Samael Aun Weor) suscribe el resumen del
documento reconocido en el folio No. 5 del libro para el reconocimiento del
juzgado del municipio Palmira, distrito Cardenas, correspondiente al
periodo 1975-1979, NO HA SIDO PRODUCIDA por la misma persona, cuyo
cuerpo de escritura se nos ha suministrado para comparación, esto es, que la
firma cuestionada, no corresponde a la firma autentica de SAMAEL AUN
WEOR"
Aparecen como firmantes NEPTALI DUQUE USECHE y JOSE AGUSTIN MORA
SIBULO, técnicos policiales del Organismo antes citado.
también hay un informe de INTERPOL CARACAS, con fecha del 25 de abril del
año 1980, donde hacen constar que SAMAEL AUN WEOR NO SALIO DE MEXICO EN LAS
FECHAS QUE LOS DOCUMENTOS CITAN, dicho informe fue entregado al PTJ el 29 de
abril de 1980, quedando adjunto a un expediente penal numerado como
2857 referente a una denuncia sobre falsificación de la firma del Maestro
Samael en un acta constitutiva de la Creación de la "Iglesia Gnóstica
Cristiana Universal" donde se pretendió afirmar que el Maestro Samael
firmaba un acta en el año 1980 (cuando el ya había desencarnado).
......después de este "Impasse", en el año 1983, se legaliza ante las
autoridades la misma institución, bajo el numero 10, tomo No.7, protocolo
1ro, correspondiente al tercer trimestre del año 1983...
Los firmantes que aparecieron en el acta de 1980 (donde se comprobó la
firma falsa del maestro Samael)
son:
Jesús Manuel Pérez Pérez
Rafael María Nieto
Walter Márquez
Carlos Teodosio Mora
Rodolfo Rincón Vásquez
Teófilo Bustos
El dato adquiere todavía más relevancia porque
Teófilo Bustos García, posteriormente conocido como Lakhsmi, aparece
también entre los firmantes del acta constitutiva venezolana de 1980 en la
que una firma atribuida a Samael fue posteriormente determinada como no
auténtica, según la documentación policial aportada a esta
investigación.
Esto no permite afirmar, por sí solo, que Bustos haya sido quien
materialmente falsificó aquella primera firma.
Pero sí establece un antecedente difícil de ignorar:
su nombre ya aparecía vinculado a un documento institucional cuestionado
por utilizar una firma de Samael que, según el peritaje citado, no era
auténtica.
Años después, vuelve a aparecer en el centro de otra controversia
documental: la Carta del Restaurador, sobre cuya adaptación y montaje la persona informante afirma haber participado directamente para favorecer la
legitimación de la misión de Lakhsmi.
No estamos, por lo tanto, ante dos episodios idénticos ni ante una autoría
probada del mismo modo.
Pero sí ante
dos documentos distintos, en momentos diferentes, ligados al mismo
entorno institucional y ambos cuestionados por el uso de una firma
atribuida a Samael.
NO HABRÍA SIDO LA PRIMERA FIRMA DE SAMAEL CUESTIONADA
El episodio de la Carta del Restaurador no sería el único antecedente de
una firma atribuida a Samael Aun Weor que habría resultado cuestionada.
Según documentación certificada aportada a esta investigación, el
27 de mayo de 1980, el Cuerpo Técnico de Policía Judicial de
Venezuela —antecesor del actual CICPC— habría dejado constancia, en la
delegación de San Cristóbal, Estado Táchira, expediente EG-000426, de
que una firma atribuida a Samael en documentación vinculada con la Iglesia
Gnóstica Cristiana Universal de Venezuela
no correspondía a su firma auténtica, después de compararla
técnicamente con muestras de escritura suministradas.
El informe menciona como técnicos firmantes a Neptali Duque Useche y
José Agustín Mora Síbulo.
La misma documentación refiere además un informe de
INTERPOL Caracas, fechado el 25 de abril de 1980, según el cual
Samael no habría salido de México en las fechas en que determinados
documentos pretendían situarlo en Venezuela. El dato resulta especialmente
relevante porque Samael había fallecido en Ciudad de México el
24 de diciembre de 1977.
Es decir: mucho antes de la actual controversia sobre la Carta del
Restaurador, ya habría existido en Venezuela una investigación policial
sobre
otra firma atribuida a Samael que habría sido determinada como no
auténtica.
La reiteración de este tipo de episodios obliga, como mínimo, a una
conclusión metodológica sencilla:
cuando una institución fundamenta su legitimidad en documentos atribuidos
a Samael, no alcanza con exhibir una copia. Hay que poder demostrar su
procedencia y autenticidad.

















