CUANDO EL TEMPLO SE CAE, EL PUEBLO PAGA
Del terremoto al “lumisial total”: dolor, obediencia,
dinero y la batalla por las llaves en la IGCA-CEI
El terremoto
fue real. Los escombros también. La pregunta empieza después: ¿qué le dijeron
exactamente al que puso el dinero?
Hay escenas
que desarman las defensas antes de que uno alcance a formular una pregunta.
Un hombre.
Tres niños.
Una
construcción devastada.
Paredes
quebradas.
Techos
vencidos.
Ropa entre
los restos.
Y una frase
sencilla, capaz de resumir cualquier tragedia doméstica:
“Nuestra
casa quedó destruida.”
Después
aparece el alivio: la familia está bien.
Y finalmente
el pedido: ayudar a “volver a levantar nuestra casa”.
La placa que
acompaña la campaña termina de ordenar emocionalmente la escena:
“Si deseas
aportar a nuestra familia…”
Nombre.
Cuenta.
Dinero.
No hace
falta ser cruel para comprender por qué alguien enviaría unos dólares.
Precisamente
por eso hay que mirar el video una segunda vez.
No con el
corazón apagado.
Con los ojos
abiertos.
LA “CASA” QUE CRECE CUANDO LA CÁMARA SE ALEJA
Cuando se
observan los fotogramas con detenimiento aparece algo que el relato no explica.
La
construcción no se comporta visualmente como una vivienda familiar pequeña.
Hay una
extensión considerable de terreno construido, diferentes cuerpos edilicios,
corredores, numerosas puertas, grandes superficies comunes y un acceso cubierto
con una estructura más propia de un edificio colectivo que de la entrada
ordinaria de una casa.
En las tomas
cerradas aparecen habitaciones pequeñas con pertenencias personales.
Eso es real.
Pero cuando
la cámara se abre aparece algo mucho mayor.
Y allí nace
la pregunta.
Que existan
camas, ropa o pequeños cuartos residenciales no demuestra que todo el
complejo sea una vivienda particular. Los centros religiosos rurales pueden
disponer de habitaciones para quienes permanecen allí como cuidadores.
Según
información interna recibida por esta investigación, el inmueble afectado
tendría precisamente una función vinculada a la estructura gnóstica y el
protagonista del video sería un misionero conocido dentro de ella. Esta
investigación continúa buscando fotografías anteriores al terremoto que
permitan identificar documentalmente el edificio completo.
La cuestión,
por lo tanto, no es acusar a una familia de no haber sufrido.
Seguramente
sufrió.
Si perdió el
lugar donde vivía, también fue damnificada.
La pregunta
es otra:
¿qué inmueble se estaba reconstruyendo con el dinero?
Porque si
una familia residía en dos habitaciones dentro de una construcción
institucional, existe una diferencia considerable entre decir:
“perdimos el
lugar donde vivíamos”
y presentar al
conjunto entero como:
“nuestra
casa”.
Un templo
destruido también merece solidaridad.
Un lumisial
arrasado por un terremoto puede perfectamente pedir ayuda.
Pero puede
pedirla diciendo la verdad completa:
“Este es
nuestro centro religioso. Aquí vivían además sus cuidadores. El terremoto lo
destruyó. Queremos reconstruirlo.”
Eso sería
transparente.
Lo
inquietante comienza cuando quien no conoce la organización ve niños, escucha
“nuestra casa”, contempla algunos dormitorios destruidos y entrega dinero sin recibir
información suficiente para saber cuál era la naturaleza del inmueble completo.
Y el video,
según el material de circulación recibido para esta investigación, no quedó
encerrado en un barrio colombiano.
Fue
reenviado a través de grupos y contactos vinculados al movimiento y llegó a
otros países, entre ellos Argentina y Uruguay.
El dolor
viajó.
La cuenta también.
PERO ¿POR QUÉ IMPORTA TANTO EL
LUMISIAL?
Aquí aparece
Juan Pablo Vega.
Y las piezas
empiezan a encajar.
Vega no es
una voz perdida en un grupo de WhatsApp. Material interno aportado a esta
investigación lo muestra participando en una reunión virtual vinculada al
núcleo organizativo de España 2026, junto con otros integrantes y el
emblema del Congreso.
Además,
sabemos que posee formación educativa y una larga vinculación pública con la
enseñanza gnóstica.
Pero lo
importante ahora no es su currículum.
Es lo que
dice.
En un video
difundido en un contexto de baja asistencia y deserción de estudiantes, Juan Pablo
Vega explica tres razones fundamentales para concurrir de manera continua a
los lumisiales.
La
invitación podría haber sido sencilla:
“Vuelvan,
necesitamos reencontrarnos.”
No fue ése
el argumento.
El lumisial
comienza a adquirir poderes cada vez mayores.
Primero,
capacidad para modificar psicológicamente a quien entra.
Después, la
posibilidad de que determinados mecanismos permitan actuar a la divinidad
dentro del individuo.
Y finalmente
aparece la pieza más sensible:
el embrión
del alma.
Según la construcción
argumental de Vega, aquello que no logró desarrollarse adecuadamente durante la
vida ordinaria podría encontrar en el lumisial un espacio para recuperar ese
desarrollo.
Y no
alcanzaría con una visita.
Se necesita
continuidad.
Permanencia.
Alimento
repetido.
Entonces el
mensaje cambia de naturaleza.
Ya no es:
“Venga a una
reunión.”
Empieza a
parecerse a:
“Aquí sucede algo que usted necesita para
transformarse.”
Y ésa es una
diferencia enorme.
CUANDO VEGA LE AGREGA PAREDES
A LA DOCTRINA
Lo curioso
es que al confrontar este discurso con Samael Aun Weor aparecen contradicciones
bastante incómodas.
Hay que
reconocer primero aquello que sí está escrito.
Samael quería
lumisiales organizados y exigía constancia. En su sistema de Tres Cámaras
estableció tres meses de asistencia constante para ingresar a Segunda Cámara y
tres años de asistencia ininterrumpida antes de acceder a la Tercera.
Por lo
tanto, sería incorrecto afirmar que para Samael la asistencia no importaba.
Importaba.
Pero una
cosa es utilizar la asistencia como requisito dentro de una organización.
Otra es
convertir al edificio en agente necesario de transformación espiritual.
Cuando
Samael explica cómo se produce la transformación psicológica, coloca el trabajo
fundamental dentro del individuo: observación de sí mismo, comprensión y
transformación consciente de las impresiones. La transformación exige un
esfuerzo autoconsciente; no aparece como efecto automático de permanecer dentro
de determinado inmueble.
La
contradicción se vuelve todavía más clara cuando Vega utiliza la Sagrada
Unción como ejemplo de aquello que encontraríamos especialmente en los
lumisiales.
En 1952
Samael escribió algo difícil de reconciliar con cualquier exclusividad edilicia:
sostuvo que la Santa Unción podía practicarse en los hogares, alrededor
de la mesa familiar, y habló del propio hogar como templo gnóstico.
Décadas
después organizó lumisiales y Cámaras, sí.
Pero el
fundador que Vega invoca había escrito también:
el templo
está dentro.
Ahí aparece
el desplazamiento.
Samael:
el lumisial
enseña y organiza.
Vega:
el lumisial
modifica, alimenta y completa algo indispensable del alma.
Puede
parecer una diferencia teológica.
En una
institución con problemas de asistencia, no es pequeña.
Porque
cuanto más indispensable sea espiritualmente el lugar, más difícil resulta
abandonarlo.
Y aparece una pieza todavía más incómoda para ese discurso. Lakhsmi, figura central posterior de esta misma tradición, decía expresamente que quien afirma simplemente “yo estoy asistiendo al lumisial” no por eso es gnóstico, porque la Gnosis dependería de lo que se practica y se vive.
“Se equivocan los hermanos que
entran y dicen: ‘Yo estoy asistiendo al lumisial cada mes’; esos no son
gnósticos… Creen que la Gnosis les va a salvar sin ellos hacer ningún trabajo.”
Aparece en Las Joyas del Dragón Amarillo, Tomo I.
SAMAEL Y LAKHSMI: EL LUMISIAL NO HACE EL TRABAJO POR
USTED
Hay una
ironía difícil de esconder.
Para
convencer al estudiante de que vuelva al lumisial se intenta presentar al
edificio como un espacio casi indispensable: allí se modificaría la psiquis,
allí actuaría especialmente la divinidad y allí encontraría alimento el llamado
embrión del alma.
Pero cuando
uno regresa a Samael Aun Weor y a Lakhsmi Daimón, el discurso
cambia.
Samael sí
organizó lumisiales, Cámaras y exigió disciplina de asistencia. Nadie necesita
negar eso. Pero cuando explicó la transformación psicológica puso el centro en la
autoobservación, la comprensión, la eliminación del ego y la transformación
consciente de las impresiones.
Es decir:
el lumisial
podía enseñar el trabajo; no podía hacer el trabajo por la persona.
Y hay algo
todavía más incómodo. Cuando Samael habló de la Santa Unción Gnóstica,
llegó a enseñar que podía realizarse en los propios hogares, alrededor de la
mesa familiar. Por lo tanto, resulta difícil sostener que la acción espiritual
vinculada a la Unción pertenezca exclusivamente al edificio denominado
lumisial.
Pero Lakhsmi
Daimón fue todavía más directo.
Advirtió
contra aquellos que se conformaban con decir que estaban asistiendo
regularmente al lumisial creyendo que eso, por sí mismo, los convertía en
verdaderos gnósticos. Su enseñanza insistía en que la Gnosis debía vivirse y
practicarse interiormente.
En otras
palabras:
Samael enseñó que la transformación ocurre mediante
trabajo consciente.
Lakhsmi advirtió que asistir al lumisial no convierte
automáticamente a nadie en gnóstico.
Entonces
aparece la pregunta inevitable:
¿DE DÓNDE SALE AHORA LA IDEA DE QUE EL LUMISIAL ES
CASI INDISPENSABLE PARA QUE LA PSIQUIS SE MODIFIQUE Y EL ALMA PUEDA
DESARROLLARSE?
Porque una
cosa es recomendar un lugar donde estudiar, practicar y compartir una
enseñanza.
Otra muy
distinta es convertir ese lugar en condición psicológica o espiritual de la
transformación.
Y la
diferencia resulta todavía más llamativa cuando ese nuevo énfasis aparece
precisamente en un momento en que los lumisiales pierden asistencia y las
sillas comienzan a quedar vacías.
Tal vez el
problema no sea que el estudiante necesite más al edificio.
Tal vez sea el edificio el que está empezando a
necesitar desesperadamente al estudiante.
Y ENTONCES BARINAS HACE
EXPLOTAR LA PARADOJA
Si Juan
Pablo Vega explica por qué hay que entrar al lumisial, Barinas muestra qué
puede pasar cuando alguien entra al lumisial equivocado.
El 2 de
agosto de 2026, la Junta Sacerdotal Diocesana de Barinas difundió un extenso
video de “aclaraciones legales”.
No hablaban
enemigos externos de la Gnosis.
Hablaban
sacerdotes, un obispo y un misionero internacional que defendían a Samael Aun
Weor, defendían a Lakhsmi Daimón, defendían la liturgia y defendían los propios
lumisiales.
Precisamente
por eso lo que denunciaron merece atención.
Leandro
Perdomo se presenta en el video como obispo, misionero gnóstico internacional y
miembro de la institución desde 1996.
Y desde esa
condición formula una acusación extraordinariamente grave.
Sostiene que
el responsable designado por la Dirección Nacional habría contactado
individualmente a miembros y les habría advertido que, si continuaban
asistiendo a los lumisiales involucrados en la rebelión de Barinas, “se
irían al infierno”.
Perdomo
llama a ese procedimiento “psicoterror”.
Debe quedar
claro: ésa es la denuncia de Perdomo. No una sentencia judicial ni un
hecho que esta publicación pueda convertir unilateralmente en verdad probada.
Pero
observemos la mecánica que describen ambas piezas.
Juan Pablo
Vega:
ir al
lumisial favorece tu desarrollo espiritual.
Barinas
denuncia:
ir al
lumisial incorrecto puede costarte el infierno.
Entre ambas
puertas aparece una pregunta inquietante:
¿cuánto poder puede adquirir un edificio cuando se
convence al creyente de que su destino interior depende de cruzar —o no cruzar—
determinado umbral?
EL LUMISIAL TAMBIÉN TIENE
ESCRITURA, POSESIÓN Y ABOGADOS
Barinas
rompe además otra fantasía.
El lumisial
no es una nube espiritual.
Es un
inmueble.
Tiene
paredes.
Tiene
posesión.
Tiene
administración.
Tiene
dinero.
Y puede
terminar en tribunales.
En la
grabación, los integrantes de la Junta afirman que existían procesos judiciales
contra la Dirección Nacional a raíz de expulsiones que, según ellos, fueron
realizadas sin el procedimiento adecuado y mediante órdenes enviadas por
WhatsApp.
Luego
aparece una segunda disputa relacionada directamente con el Lumisial
Xochipilli.
El relato de
Barinas habla de controversias sobre la construcción del inmueble, un supuesto
contrato de obra, un cheque cuyo cobro cuestionan y finalmente una demanda
promovida por la Iglesia alegando el despojo de la posesión del lumisial.
Otra vez:
el altar
termina en el expediente.
La
meditación termina frente al abogado.
La hermandad
termina preguntando quién tiene las llaves.
Y Perdomo
llega todavía más lejos: acusa a la conducción de manejar administrativamente
la Iglesia como una “empresa familiar” y sostiene que existiría interés
por controlar instalaciones y recaudaciones que, según su versión, fueron
construidas y sostenidas económicamente por las comunidades.
No es
nuestra sentencia.
Es la
acusación de un obispo que se rebela desde dentro.
Pero
coincide demasiado bien con una pregunta que este archivo viene haciendo desde
hace años:
cuando el
pueblo construye, ¿quién termina siendo dueño?
El balance
histórico del propio blog ya había detectado reiteradamente esa contradicción:
obras levantadas colectivamente cuya administración, propiedad y capacidad de
decisión quedan concentradas en estructuras que el aportante común difícilmente
puede auditar.
Y DESPUÉS LLEGAN LOS ABOGADOS:
16.950 DÓLARES
Quince días
después del video de Barinas aparece otro documento.
Esta vez no
lo redactan los rebeldes.
Lo firma la Dirección
Nacional venezolana.
Fecha:
17 de agosto
de 2026.
Asunto:
“Solicitud
de Colaboración Económica Especial para Honorarios Legal e Institucionales”.
El documento
reconoce que la Dirección Nacional atraviesa una situación financiera delicada
por compromisos y deudas con abogados y asesores legales privados que
intervinieron en recientes gestiones jurídicas. Añade que esas actuaciones
fueron determinantes porque, según la conducción, existía riesgo de perder la
dirección de la Iglesia venezolana e incluso de la Federación.
¿Cuánto?
US$16.950.
¿Quién debe
colaborar?
El pueblo
gnóstico.
¿Dónde debe
organizarse la recaudación?
El documento
pide al Cuerpo Episcopal que se ocupe de su “difusión, motivación y
canalización” en cada uno de los lumisiales.
Otra vez el
mismo edificio.
Lugar de
transformación.
Lugar de
doctrina.
Lugar de
pertenencia.
Lugar de
recaudación.
Y ahora
también:
ventanilla
para pagar abogados.
Todavía
falta un documento decisivo que esta investigación reclama: el detalle de
qué causas componen esos US$16.950.
No
corresponde afirmar que todo ese dinero se deba a Barinas.
No tenemos
la factura.
Pero después
de conocer los litigios reconocidos públicamente por los protagonistas del
conflicto, la pregunta resulta inevitable:
¿qué parte de esos US$16.950 corresponde a las
disputas internas por expulsiones, autoridad y control de lumisiales?
Y otra
todavía más incómoda:
¿el pueblo está pagando los gastos jurídicos
producidos por una guerra entre quienes se disputan la conducción de aquello
que ese mismo pueblo financió?
Es una solicitud elemental de rendición.
LA LITURGIA TAMBIÉN PASA POR
CAJA
El dinero no
aparece solamente cuando intervienen abogados.
Una planilla
aportada a esta investigación fija precios para las nuevas liturgias y
manuales:
Liturgia:
US$21.
Manual de procedimientos: US$10.
Manual de ceremonias especiales: US$15.
Y recomienda
para cada lumisial cinco liturgias más ambos manuales.
La cuenta es
sencilla:
US$130 por
lumisial.
La cifra
individual puede parecer pequeña.
La
estructura es lo interesante.
Cada
lumisial necesita materiales.
Cada
lumisial recibe instrucciones.
Cada
lumisial funciona como unidad territorial.
Cada
lumisial puede comprar.
Cada
lumisial puede recaudar.
Y Barinas
vuelve a introducir una grieta: en el tramo final de su mensaje afirma que las
juntas sacerdotales no están obligadas a cumplir determinadas “cuotas
especiales”, vinculando inmediatamente la cuestión económica con los
cambios introducidos en la liturgia.
La vieja discusión
entre fe y dinero vuelve a aparecer.
Sólo que
esta vez la discusión no viene de afuera.
Viene desde
el altar.
TOLEDO: DEL LUMISIAL LOCAL AL
GRAN CONGRESO
Y entonces
el pequeño centro local se conecta con la maquinaria internacional.
Una minuta
interna de una reunión extraordinaria vinculada al Congreso Toledo España
2026, celebrada el 31 de enero, reconoce que las inscripciones no
alcanzarían para cubrir unos costos calculados en más de 200.000 euros y
plantea conseguir aproximadamente 25.000 euros adicionales mediante el
pueblo gnóstico.
La propuesta
es reveladora:
si cada
santuario realiza una actividad, puede alcanzarse la meta.
Entre las
sugerencias aparecen venta de flores, comidas, preventas gastronómicas y
actividades destinadas incluso a familiares, amigos y público externo.
El lumisial
vuelve a funcionar como célula financiera.
No sólo
sostiene su propio edificio.
Puede
recaudar para congresos internacionales.
Puede
vender.
Puede
organizar actividades.
Puede
movilizar personas externas.
Puede
transferir recursos hacia arriba.
Ésa es la
arquitectura.
Local abajo.
Internacional
arriba.
ASOPROVIDA: LA PUERTA QUE PARECE
OTRA COSA
A esa
arquitectura se agrega un mecanismo exterior.
ASOPROVIDA
se presenta públicamente como organización cultural y ambiental, orientada al
cuidado de la vida, los valores, el reciclaje, la naturaleza y la educación. Su
propia presentación declara trabajar sin distinción de religión o credo
y ofrecer servicios educativos a comunidades e instituciones.
Nada de eso,
por sí mismo, es cuestionable.
El problema
aparece cuando se compara esa identidad pública con el lugar que ASOPROVIDA
ocupa dentro del universo gnóstico y con antiguas instrucciones internas, cuyo
contenido ha sido confirmado para esta investigación por una fuente presencial
cuya identidad se reserva, donde se explicaba la conveniencia de acercar la
Gnosis mediante una vía menos explícitamente religiosa, incluso en ámbitos
educativos.
No es
necesario atacar una campaña ecológica para plantear una pregunta legítima:
¿saben las
escuelas, los docentes, los padres y los estudiantes desde el comienzo cuál es
la vinculación religiosa de quienes realizan determinadas actividades?
Si la
respuesta es sí, perfecto.
Si la
respuesta es no, entonces el problema no es ambiental.
Es de
transparencia.
Y volvemos
al terremoto.
El
protagonista de aquella colecta aparece públicamente vinculado a ASOPROVIDA EL DEL VIDEO CON LAS NIÑAS, ES COORDINADOR DE ASOPROVIDA.
Otra vez una
identidad hacia afuera.
Otra hacia
adentro.
EL LUMISIAL TOTAL
Llegados
hasta acá, ya no parece suficiente definir al lumisial como “templo”.
Es mucho
más.
Es lugar de
estudio.
Es filtro de
progresión doctrinal.
Es
territorio de pertenencia.
Es espacio
ritual.
Es punto de
recaudación.
Es
patrimonio.
Es objeto de
litigio.
Es unidad
desde la cual se financian campañas superiores.
Y según
algunos discursos actuales, además, puede convertirse en requisito para la
transformación espiritual del individuo.
Por eso la
crisis de los lumisiales no es solamente una crisis de asistencia.
Si la gente
deja de ir, pueden ocurrir varias cosas a la vez.
Se vacía el
salón.
Se debilita
la pertenencia.
Se reduce la
recaudación.
Se pierde
influencia.
Se cuestiona
la autoridad.
Y finalmente
puede ponerse en riesgo el propio inmueble.
Ahí
entendemos mejor la desesperación.
BARINAS DENUNCIA EL SISTEMA…
PERO SIGUE ATRINCHERADA EN ÉL
Hay, sin
embargo, una contradicción que una investigación seria no debería ocultar.
Barinas
denuncia coerción.
Denuncia
miedo.
Denuncia
abuso de autoridad.
Denuncia
expulsiones.
Denuncia una
cadena de mando.
Incluso
Perdomo afirma que las personas ingresan buscando un cambio interior profundo,
pero que determinada forma de administración termina afectando su personalidad
y describe ese manejo como coercitivo.
Pero los
rebeldes tampoco abandonan el universo absoluto que cuestionan.
Hacia el
final de la grabación llaman a “atrincherarnos en nuestros santuarios”,
mantenerse fieles a Cristo, al Avatar, a la doctrina y a la liturgia.
Esto es
importante.
Quizá el
conflicto no enfrente simplemente:
libertad
contra autoritarismo.
Puede estar
enfrentando también:
dos grupos
que discuten quién posee la autoridad legítima para administrar lo sagrado.
Los rebeldes
cuestionan al administrador.
No
necesariamente al mecanismo que convierte una autoridad espiritual en algo difícil
de discutir.
Y esa
diferencia explica por qué algunas estructuras sobreviven incluso después de
grandes cismas.
Cambian los
dirigentes.
La
arquitectura mental puede continuar intacta.
QUIZA LO MAS SANO SEA RETIRARSE PORQUE LOS OTROS NO VAN A CAMBIAR.
EL TERREMOTO NO CREÓ EL PROBLEMA
El terremoto
apenas retiró una pared.
Y por la
abertura se alcanzó a ver algo.
Una
construcción más grande.
Un sistema
más grande.
Una pregunta
más grande.
No hay nada
indigno en pedir ayuda después de una tragedia.
Lo indigno
sería ocultar información relevante a quien ayuda.
No hay nada
ilícito en construir un templo.
Lo
cuestionable sería hacer creer que todo un complejo institucional es solamente
la vivienda de una familia si no lo es.
No hay nada
extraño en organizar reuniones espirituales.
Lo preocupante
comienza cuando abandonar esas reuniones se vincula con la pérdida del
desarrollo interior.
No hay nada
irregular en contratar abogados.
Pero quienes
pagan tienen derecho a saber qué litigios están financiando.
No hay nada
reprochable en imprimir libros religiosos.
Quien los
compra tiene derecho a saber por qué debe reemplazarlos y quién decidió
hacerlo.
No hay nada
malo en recaudar para un congreso.
Pero la
espiritualidad no vuelve innecesaria la contabilidad.
Al
contrario.
La vuelve
más necesaria.
LA ÚLTIMA PREGUNTA
Después de
casi dieciséis años de documentos, denuncias, cartas, congresos, santuarios,
expulsiones, propiedades y colectas, el archivo de La Voz del Pueblo Gnóstico
había llegado a una conclusión sencilla: los nombres cambian, pero algunos
mecanismos regresan. El dinero puede llamarse sacrificio, la obediencia
disciplina y la crítica deslealtad.
Ahora
aparece una palabra nueva alrededor de la cual parecen converger todas:
lumisial.
Cuando se
cae:
hay que
reconstruirlo.
Cuando se
vacía:
hay que
volver.
Cuando
necesita libros:
hay que
comprarlos.
Cuando
financia un congreso:
hay que
colaborar.
Cuando se
rebela:
hay que
disciplinarlo.
Cuando se
disputa:
aparecen
abogados.
Y cuando
aparecen abogados:
otra vez se
pide dinero al pueblo.
Quizá por
eso la verdadera investigación no deba terminar preguntando quién es el
maestro, quién es el obispo, quién es el vicario o quién dice representar a la
Logia Blanca.
La pregunta
es mucho más terrenal.
Mucho menos
mística.
Y bastante
más difícil de esquivar:
¿QUIÉN PAGA EL LUMISIAL, QUIÉN
DECIDE SOBRE ÉL Y QUIÉN SE QUEDA CON LAS LLAVES?
Porque el
alma podrá ser un misterio.
La caja no
debería serlo.













