¡Golpead y se os abrirá! "Los OJOS"

3 de agosto de 2026

EL PANTEÓN DE LOS REENCARNADOS

 

 EL PANTEÓN DE LOS REENCARNADOS



Apóstoles, emperadores, libertadores y maestros: la aristocracia invisible que gobierna el presente desde sus supuestas vidas pasadas

Todos fueron grandes personajes. El pueblo, mientras tanto, paga, cree y obedece.

Pasen, señoras y señores. Adelante. No tengan miedo.

Están a punto de ingresar en uno de los recintos más extraordinarios de la historia espiritual contemporánea: el panteón de los reencarnados.

A la derecha encontrarán un apóstol.

Un poco más adelante, un filósofo griego.

En la sala contigua descansa un libertador de América.

También tenemos un emperador inca, un célebre inventor, varios maestros ocultos y hasta alguna divinidad elemental que, al parecer, habría solicitado turno para regresar al mundo dentro de una familia determinada.

No pregunten por campesinos anónimos.

No busquen obreros, esclavos, soldados desconocidos, lavanderas, albañiles, mendigos, enfermos abandonados ni mujeres que atravesaron la historia sin dejar su nombre grabado en una estatua.

Aquí todos fueron importantes.

Todos ocuparon alguna vez un sitio destacado en el gran teatro de la humanidad.

Todos fueron emperadores, filósofos, apóstoles, libertadores, inventores o maestros.

Y, por una de esas casualidades que únicamente parecen producirse en ciertos círculos espirituales, casi todos volvieron a encontrarse dentro del mismo ambiente institucional.

No es poca cosa.

La historia universal, que durante siglos dispersó a sus grandes figuras por continentes, culturas y épocas diferentes, habría decidido reunirlas nuevamente alrededor de una organización, de sus autoridades, de sus familias y de sus allegados.

Una verdadera cumbre de almas ilustres.

El Olimpo, pero con reuniones administrativas.

La eternidad, aunque parezca mentira, también necesita dirigentes, tesoreros, inscripciones, alojamientos y comprobantes de pago.




LOS NOMBRES DEL PANTEÓN

Una conversación privada enviada a este medio reproduce una serie de afirmaciones que, según el testimonio de quien escribió esos mensajes, habrían circulado durante años entre integrantes y allegados a la institución.

El material sostiene, entre otras cosas, que Juan Capasso sería llamado dentro de su círculo “maestro Xochipilli” y que, en Venezuela, se comentaba entre susurros que habría sido Juan de Patmos.

También se afirma que Gamaliel sería conocido como “maestro Arios” y que habría sido Aristóteles.

El esposo de Sandra Ibarra habría sido identificado con Simón Bolívar.

Una hija de Luz Marina habría sido presentada, según ese relato, como una diosa elemental que originalmente debía nacer en otro matrimonio, pero cuyo destino habría sido modificado por decisión de un maestro.

El doctor Olivo Cárdenas habría sido relacionado con Thomas Alva Edison.

Álvaro Ramos habría sido el emperador Atahualpa.

Y un hijo de Soraida, llamado Luxemil, habría sido asociado con el denominado maestro Luxemil.

Estas afirmaciones no se presentan aquí como hechos históricos, espirituales o científicamente comprobados. Se publican como parte de un testimonio acerca de las historias que presuntamente circularon dentro de determinados ámbitos institucionales.

La diferencia es fundamental.

No estamos afirmando que una persona haya sido Aristóteles, Juan de Patmos, Atahualpa, Edison o Simón Bolívar.

Estamos señalando que, según el material recibido, esos relatos habrían sido difundidos, comentados o aceptados dentro de un ambiente donde las identidades espirituales parecen tener un peso especial.

Y es allí donde la cuestión deja de ser una simple anécdota pintoresca.

TODOS FUERON ALGUIEN

Creer en la reencarnación pertenece al terreno de las convicciones religiosas, filosóficas y espirituales de cada persona.

Millones de seres humanos creen que la conciencia atraviesa distintas existencias. Se trata de una doctrina antigua, presente de diversas formas en tradiciones de Oriente y Occidente.

El problema no es ese.

El problema comienza cuando la supuesta vida anterior se convierte en un currículum.

Un currículum sin documentos.

Sin fechas comprobables.

Sin testigos independientes.

Sin posibilidad de auditoría.

Sin derecho a réplica.

Un currículum que no se presenta para conseguir empleo, sino para adquirir autoridad.

Porque no produce el mismo efecto decir:

—Soy Juan, Pedro o Gamaliel, y tengo una opinión.

Que afirmar, directa o indirectamente:

—Soy la reencarnación de un apóstol, de un filósofo universal, de un emperador o de un libertador.

En el primer caso, uno habla como ser humano.

En el segundo, detrás de cada palabra parece levantarse una estatua.

El interlocutor ya no discute con una persona común. Discute con Aristóteles. Contradice a Juan de Patmos. Pone en duda a Atahualpa. Interroga a Simón Bolívar.

Y eso, dentro de una comunidad espiritual, puede producir una forma muy particular de intimidación.

No hace falta amenazar.

Basta con instalar la idea de que determinadas personas poseen una antigüedad espiritual, una jerarquía interna o un conocimiento inaccesible para los demás.

El título no aparece impreso en una tarjeta.

Se imprime en la imaginación del creyente.




LA NOBLEZA DE LAS VIDAS PASADAS

Durante siglos, las aristocracias justificaron su poder mediante la sangre.

Los reyes gobernaban porque descendían de otros reyes.

Los nobles heredaban tierras, títulos y privilegios porque habían nacido dentro de una familia determinada.

En algunas estructuras espirituales parece funcionar una nobleza diferente: la nobleza de las vidas pasadas.

No se hereda un marquesado.

Se hereda una identidad cósmica.

No se exhibe un escudo de armas.

Se exhibe un nombre sagrado.

No se afirma descender de un conde.

Se afirma haber sido personalmente el conde, el emperador, el apóstol o el maestro.

Es una aristocracia perfecta porque no necesita archivos.

Nadie puede viajar al pasado para verificarla.

Nadie puede solicitar una partida de nacimiento expedida en la antigua Grecia.

Nadie puede pedirle a Aristóteles que reconozca su firma.

Nadie puede convocar a Juan de Patmos para realizar una rueda de identificación.

La credencial es invisible, pero sus efectos pueden ser muy visibles.

Quien acepta el relato ya no contempla al dirigente como a un hombre sometido a errores, ambiciones, temores y contradicciones.

Lo contempla como a una continuidad histórica.

Como a un elegido.

Como a alguien que estaría varios escalones por encima del afiliado corriente.

El dirigente deja de tener simplemente un cargo.

Adquiere una leyenda.

Y una leyenda resulta mucho más difícil de cuestionar que un cargo.

EL HOMBRE AL QUE SU NOMBRE NO LE ALCANZA



Hay algo profundamente humano y también profundamente oscuro en esta necesidad de adoptar nombres enormes.

¿Qué vacío debe cubrir una persona cuando su nombre presente parece no bastarle?

¿Qué ocurre cuando un hombre necesita que detrás de su rostro aparezca otro rostro, más antiguo, más célebre y más poderoso?

Tal vez la vida cotidiana resulte demasiado pequeña.

Tal vez ser uno mismo no alcance.

Tal vez haga falta haber escrito un evangelio, fundado una república, gobernado un imperio o inventado la luz eléctrica para soportar la insignificancia de una tarde común.

Porque ser una persona corriente es difícil.

Una persona corriente puede equivocarse.

Puede mentir.

Puede administrar mal.

Puede actuar movida por orgullo, miedo o interés.

Puede ser cuestionada.

Un personaje histórico reencarnado, en cambio, parece venir rodeado de una inmunidad casi teatral.

Ya no es un hombre tomando decisiones.

Es el antiguo maestro que regresa.

Ya no es una autoridad organizando un congreso.

Es una conciencia superior cumpliendo una misión.

Ya no pide obediencia.

Interpreta la voluntad de los mundos internos.

Ya no solicita dinero.

Invita a colaborar con la obra.

Y cuando toda decisión humana se disfraza de necesidad cósmica, las preguntas comienzan a parecer sacrilegios.



EL REPARTO DE LOS PAPELES

La escena tiene una lógica impecable.

Los dirigentes habrían sido apóstoles, emperadores, filósofos, libertadores, inventores o maestros.

Los afiliados, en cambio, son simplemente “hermanos”.

Los primeros aportan sus supuestas glorias pasadas.

Los segundos aportan su tiempo, su trabajo, sus viajes, sus inscripciones, sus donaciones y su silencio.

Es una división del trabajo espiritual admirablemente conveniente.

Unos fueron emperadores.

Otros deben pagar la entrada.

Unos fueron apóstoles.

Otros deben buscar alojamiento.

Unos fueron libertadores.

Otros deben obedecer.

Unos fueron grandes filósofos.

Otros son reprendidos por pensar demasiado.

Unos recuerdan vidas extraordinarias.

Otros deben agradecer que les permitan participar de la misión de los extraordinarios.

Y así, casi sin advertirlo, la comunidad deja de estar formada por personas espiritualmente iguales y comienza a dividirse entre protagonistas y extras.

Los protagonistas poseen nombres cósmicos.

Los extras acomodan las sillas.

DE LA REENCARNACIÓN AL PODER

Estas historias no pueden analizarse aisladamente de todo lo que se ha venido observando alrededor de la organización del denominado Congreso IGCA CEI.

Durante meses se han planteado preguntas sobre la insistencia en las inscripciones, la recaudación, el traslado a Toledo, la capacidad de los espacios, los alojamientos, las habitaciones, las cadenas de oración y el lenguaje utilizado para convencer a los afiliados de que la asistencia al encuentro tendría un valor espiritual excepcional.

También se ha señalado una contradicción constante entre la retórica de sacrificio espiritual y la falta de explicaciones claras acerca de decisiones humanas, administrativas y económicas.

En ese contexto, la fabricación de una élite compuesta por supuestos maestros reencarnados no es un detalle menor.

Cumple una función.

Cuanto más elevado parece el dirigente, más pequeña parece la pregunta del afiliado.

Cuanto más glorioso es su pasado imaginado, menos necesario resulta explicar su presente.

¿Por qué Toledo?

¿Por qué allí?

¿Por qué esos costos?

¿Por qué continuar pidiendo inscripciones?

¿Por qué determinadas personas deciden y las demás solamente reciben comunicados?

¿Por qué se espiritualizan cuestiones que deberían explicarse mediante cifras, documentos y argumentos concretos?

Si quien toma la decisión es visto como un hombre común, deberá responder.

Pero si es contemplado como Juan de Patmos, Aristóteles, Atahualpa o un maestro oculto, la respuesta puede ser reemplazada por el misterio.

Y el misterio, cuando entra en la contabilidad, suele convertirse en una cortina muy útil.



EL CONGRESO DE LOS ELEGIDOS

El Congreso IGCA CEI ha sido presentado en distintos momentos con un lenguaje que parece situarlo mucho más allá de un simple evento institucional.

Se ha hablado de misión, de unidad, de compromiso espiritual, de asistencia necesaria y de colaboración.

Se ha pedido a las personas que participen, que aporten, que viajen o que acompañen incluso “de corazón” cuando no puedan estar presentes.

La pregunta es inevitable:

¿Quién construye esa sensación de urgencia?

¿Quién decide que un congreso posee una importancia tan extraordinaria?

¿Quién se beneficia económica, simbólica o institucionalmente de esa convocatoria?

¿Y qué papel desempeña en todo esto la imagen de dirigentes supuestamente investidos con identidades espirituales excepcionales?

No es lo mismo recibir una invitación de un organizador que recibir el llamado de alguien presentado como un maestro.

No es lo mismo rechazar una propuesta administrativa que desobedecer una misión espiritual.

No es lo mismo pedir un balance a una comisión que cuestionar a un supuesto apóstol.

La grandiosidad no es decoración.

La grandiosidad puede ser un método de gobierno.

MITOMANÍA SIN DIVÁN






La palabra “mitomanía” debe emplearse aquí con prudencia.

No corresponde realizar diagnósticos clínicos a distancia ni adjudicar trastornos psicológicos a personas sin una evaluación profesional.

Cuando hablamos de mitomanía institucional no nos referimos a una enfermedad psiquiátrica comprobada.

Hablamos de una cultura.

Una cultura de relatos grandiosos.

De títulos extraordinarios.

De nombres secretos.

De genealogías espirituales imposibles de comprobar.

De personajes que parecen necesitar una biografía cósmica para sostener su autoridad terrestre.

La mitología personal puede ser inofensiva cuando permanece en el terreno íntimo.

Cada persona tiene derecho a interpretar sus sueños, sus intuiciones y sus experiencias interiores como considere conveniente.

Pero cuando esa mitología organiza jerarquías, inspira obediencia, desalienta preguntas o protege decisiones económicas e institucionales, deja de ser un asunto exclusivamente privado.

En ese momento se convierte en un fenómeno social.

Y los fenómenos sociales pueden y deben ser examinados.

LA FÁBRICA DEL DESLUMBRAMIENTO

Toda estructura autoritaria necesita producir una distancia entre quienes mandan y quienes obedecen.

Algunas utilizan uniformes.

Otras utilizan títulos académicos.

Otras emplean ceremonias, símbolos, secretos o lenguajes incomprensibles.

Las organizaciones espirituales pueden producir esa distancia mediante la promesa de que sus dirigentes no son exactamente personas comunes.

Son seres realizados.

Maestros.

Iniciados.

Almas antiguas.

Reencarnaciones de figuras célebres.

El objetivo no siempre es convencer mediante argumentos.

A veces basta con deslumbrar.

El deslumbrado no observa con claridad.

Mira hacia arriba.

Idealiza.

Completa con su imaginación aquello que nunca le demostraron.

Y cuando finalmente descubre una contradicción, no siempre culpa al dirigente.

Muchas veces se culpa a sí mismo.

Tal vez no comprendió.

Tal vez no posee suficiente conciencia.

Tal vez su ego lo hace dudar.

Tal vez está siendo tentado.

Tal vez sus preguntas revelan una falta de trabajo interior.

Así funciona la trampa perfecta: quien duda de la autoridad termina dudando de su propia capacidad para comprenderla.

NADIE FUE CAMPESINO

Existe una pregunta sencilla que derrumba buena parte de este palacio imaginario:

¿Por qué casi nadie recuerda haber sido una persona anónima?

La inmensa mayoría de los seres humanos que vivieron sobre la Tierra no fueron emperadores, apóstoles, inventores ni filósofos famosos.

Fueron campesinos.

Pastores.

Pescadores.

Soldados.

Sirvientes.

Madres que murieron en el parto.

Niños que no llegaron a la edad adulta.

Personas cuyos nombres desaparecieron para siempre.

Si la reencarnación fuese una ley general de la existencia, la probabilidad de haber sido alguien desconocido sería infinitamente mayor que la de haber sido un personaje célebre.

Sin embargo, en ciertos relatos espirituales ocurre lo contrario.

Los grandes hombres parecen reencarnar con una frecuencia asombrosa.

Los anónimos, en cambio, no regresan nunca o regresan sin memoria.

Quizá porque una vida anónima no concede prestigio.

No abre puertas.

No funda linajes.

No convierte una opinión en enseñanza.

No transforma una ambición en mandato cósmico.

Decir “fui un campesino que murió sin dejar descendencia” no produce reverencia.

Decir “fui Juan de Patmos” modifica inmediatamente la iluminación del salón.

LA CORTE DE LOS NOMBRES PRESTADOS

Hay algo grotesco en esta corte de identidades prestadas.

Un hombre entra en una habitación con su nombre civil y sale convertido en maestro.

Otro descubre que detrás de sus gestos se escondía un filósofo griego.

Un tercero encuentra en alguna visión el uniforme de un libertador.

Las familias comienzan a poblarse de dioses, iniciados y seres elementales.

La historia ya no es una disciplina.

Es un ropero.

Cada cual se prueba el traje que mejor combina con su posición actual.

El apóstol para el dirigente religioso.

El filósofo para el doctrinario.

El libertador para quien desea ser visto como conductor de pueblos.

El emperador para quien necesita una corona invisible.

El inventor para quien busca una mente extraordinaria.

No se elige una vida pasada al azar.

Se elige, consciente o inconscientemente, una vida que otorgue sentido, prestigio y autoridad a la vida presente.

Y el pueblo contempla el desfile.

Aplaude.

Se emociona.

Cuenta las anécdotas en voz baja.

Las transmite a los nuevos.

Las convierte en tradición.

Después alguien pregunta dónde se originó todo aquello.

Y nadie lo recuerda con precisión.

“Se decía”.

“Alguien lo contó”.

“El maestro lo confirmó”.

“Eso se sabe internamente”.

“Los que tienen conciencia pueden comprenderlo”.

Así nacen las leyendas institucionales.

No necesitan documentos.

Necesitan repetición.

LA PREGUNTA PROHIBIDA

Toda comunidad verdaderamente espiritual debería poder soportar preguntas.

Una doctrina que se derrumba ante una consulta honesta no es una doctrina fuerte.

Una autoridad que necesita presentarse como reencarnación de un gran personaje para ser respetada quizá no posea autoridad suficiente en su vida actual.

La pregunta no debería ser considerada una traición.

La duda no debería convertirse en defecto psicológico.

La solicitud de explicaciones no debería interpretarse como falta de fe.

Preguntar quién verificó una identidad pasada no es atacar la reencarnación.

Preguntar por qué estas identidades se concentran en dirigentes y allegados no es perseguir una religión.

Preguntar qué efecto producen estas afirmaciones sobre los afiliados no es burlarse de la espiritualidad.

Es ejercer el pensamiento.

Y pensar no debería ser un pecado dentro de una escuela que afirma buscar el despertar de la conciencia.



EL VERDADERO JUICIO

Quizá nunca sepamos quién fue cada persona en una supuesta existencia anterior.

Tal vez alguno haya sido un emperador.

Tal vez otro haya sido un mendigo.

Tal vez todos hayamos sido muchas cosas.

O tal vez estos relatos sean construcciones destinadas a llenar vacíos, justificar privilegios y fabricar obediencia.

Pero existe una evaluación mucho más sencilla.

No necesitamos viajar a la antigua Grecia.

No necesitamos consultar archivos celestiales.

No necesitamos invocar a Juan de Patmos, a Aristóteles, a Simón Bolívar, a Atahualpa ni a Thomas Alva Edison.

Basta con observar el presente.

¿Cómo administran?

¿Cómo explican?

¿Cómo responden a las críticas?

¿Cómo tratan a quienes disienten?

¿Qué ocurre con el dinero?

¿Qué ocurre con las promesas?

¿Qué ocurre cuando alguien pregunta?

¿Qué ocurre cuando una persona deja de creer?

¿Qué ocurre cuando el afiliado ya no acepta el papel de espectador?

Ese es el verdadero juicio.

No el de una vida anterior imposible de verificar.

El de esta vida.

Aquí.

Ahora.

Con nombres actuales.

Con responsabilidades actuales.

Con decisiones actuales.

EL PANTEÓN SE CIERRA

La visita ha terminado.

Pueden abandonar el recinto.

A la salida encontrarán, probablemente, una mesa de inscripción.

Los apóstoles continúan dentro.

Los emperadores deliberan.

Los filósofos interpretan los símbolos.

Los libertadores organizan la próxima convocatoria.

Los inventores encienden las luces.

El pueblo, como siempre, recoge las sillas.

Pero antes de marcharse conviene dejar una última pregunta escrita sobre la puerta:

¿Por qué una persona que dice poseer la verdad necesita el nombre de un muerto ilustre para que la escuchen?

Y otra más:

¿Por qué quienes aseguran haber sido grandes hombres en otras vidas encuentran tantas dificultades para ofrecer explicaciones claras y humanas en esta?

Al final, poco importa quién dice haber sido cada uno.

Lo verdaderamente importante es qué está haciendo hoy con el poder que administra, con la confianza que recibe y con la conciencia de quienes lo siguen.

Porque quizá el problema nunca haya sido la reencarnación.

Quizá el problema sea utilizar el pasado invisible para gobernar el presente visible.

Y mientras algunos continúan repartiendo coronas, apostolados y nombres sagrados, el pueblo comienza lentamente a despertar.

Ya no mira las estatuas.

Mira las cuentas.

Ya no pregunta quiénes fueron.

Pregunta quiénes son.

Y, sobre todo, qué están haciendo.