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4 de febrero de 2026

La decadencia del magisterio: cómo se vació la enseñanza y creció el fanatismo

 

La decadencia del magisterio: cómo se vació la enseñanza y creció el fanatismo



IGCA-CEI en los últimos 20 años: del instructor formado al vocero improvisado

Durante dos décadas se instaló un fenómeno innegable: el nivel de instrucción se desplomó. No se trata de “un cambio de época” ni de “nuevas generaciones”. Se trata de una degradación sistemática del magisterio: se vació la enseñanza y se llenó el espacio con fanatismo, amiguismo y propaganda.

La misión, que debería sostenerse en conocimiento, método y conducta, fue reemplazada por una lógica de pertenencia: se asciende por lealtad, no por capacidad. Y cuando se premia al obediente por encima del competente, lo que cae no es solo el nivel académico: cae la ética, cae la coherencia, cae el prestigio, cae la credibilidad.



1) El derrumbe empieza cuando cambia el criterio: lealtad por encima de idoneidad

Una institución sólida elige instructores por preparación y resultados formativos. Una institución deteriorada elige por cercanía, conveniencia y “ser de los nuestros”. Esa inversión de criterios produce un efecto inmediato: la excelencia estorba. El instructor serio hace preguntas, pide orden, exige coherencia, sostiene estándares y deja en evidencia lo que está mal. En cambio, el improvisado repite lo que le dicen y no incomoda a nadie… excepto a quienes todavía piensan.

Así nace el círculo vicioso: el cargo deja de ser un servicio y se vuelve un premio interno. Y cuando el cargo se vuelve premio, la formación se vuelve trámite.




2) El síntoma más grave: instructores sin identidad real de lo que integran

En el plano organizacional, el síntoma más alarmante es este: hay misioneros e instructores que ni siquiera tienen claridad de qué estructura integran, qué significa el marco eclesial, qué responsabilidades implica, qué límites existen, qué se enseña y desde dónde se enseña. Se mueven dentro de una sigla y un relato, pero sin conciencia doctrinal ni institucional real.

Ese vacío no es inocente. Donde hay ambigüedad, hay control. Y donde hay control, el conocimiento se vuelve peligroso.



3) La fuga de instructores formadores: cuando se expulsa el estándar, queda el eco

Toda escuela depende de su cuerpo formador. Cuando los mejores instructores se van —porque los empujan, porque los degradan, porque los silencian, porque ven corrupción y se apartan— no se pierde “gente”: se pierde el estándar.

El vacío no queda vacío: se llena con lo que haya. Y lo que suele haber, cuando se degrada el criterio, es esto:

  • instructores sin método pedagógico,
  • misioneros sin lectura profunda de la enseñanza,
  • voceros sin cultura general,
  • personas sin habilidades básicas de escritura y argumentación,
  • y un reemplazo constante de formación por “entonación” y “puesta en escena”.

Ahí ocurre lo peor: el nuevo instruye sin estar instruido. Entonces ya no hay transmisión: hay imitación. Ya no hay escuela: hay eco. Ignorancia formando ignorancia.

4) Reemplazo doctrinal sin escuela: la confusión como sistema

Cuando se desdibuja la enseñanza original y se reemplaza por un discurso externo —instalado como “lo único” y repetido como consigna— el resultado no es una evolución doctrinal: es un desorden interno. Porque un cambio serio exige programa, bibliografía, método, evaluación, formación docente. Sin eso, queda una mezcla incoherente que se sostiene con autoridad, no con estudio.

Y cuando el estudio desaparece, aparece el dogma. No el dogma profundo y reflexivo: el dogma de bolsillo, el dogma de consigna, el dogma que se usa para callar preguntas.

5) Baja la cultura general y sube la impostura: hablar no es enseñar

La decadencia del magisterio no se mide solo por “cuánto saben”, sino por cómo enseñan. Enseñar exige competencias mínimas: lectura comprensiva, escritura, lógica, capacidad de ordenar ideas, responder preguntas sin violencia, conducir procesos de aprendizaje.

Cuando se coloca gente sin herramientas culturales y pedagógicas en roles de instrucción, se produce un teatro: se aprende el tono, el gesto, la solemnidad… pero no el contenido. Y el que observa con honestidad lo nota de inmediato: muchas veces hay “verbo” sin fondo.

En ese punto, el instructor deja de ser formador y se transforma en actor: correcto delante del público, incoherente fuera del escenario. Mucha apariencia, poca práctica. Mucho “discurso”, poca vida.

6) El orgullo del ignorante: el fanatismo como reemplazo del conocimiento

Cuando no hay formación real, debería haber humildad. Pero en estructuras degradadas sucede lo contrario: aparece el orgullo fanático, que es la máscara perfecta para la ignorancia.

  • Se instala la idea de “elegidos”.
  • Se desprecia a los demás.
  • Se atacan otras corrientes o instituciones por reflejo, no por argumentos.
  • Se confunde pertenencia con verdad.
  • Se confunde obediencia con realización.

El fanatismo es funcional: evita que la gente piense, evita que pregunte, evita que compare. El fanático no estudia: milita. Y el militante es útil para sostener jerarquías, tapar incoherencias y blindar el poder.


LA IMAGEN REVELA LA REALIDAD DE LA UNCION GNOSTICA EN LA IGCA CEI, LOS SACERDOTE E ISIS QUE NO DAN LA TALLA SE PELEA ENTRE ELLOS,  MIENTEN, ETC DAN UNCIONES QUE LLEVAN AL ABISMO.

7) Susceptibilidad a la verdad: reaccionan, no reflexionan

A medida que el nivel cae, la institución se vuelve emocionalmente frágil: no tolera la verdad. Se vuelve altamente reactiva ante cualquier señalamiento. No hay capacidad de autocrítica, no hay aprendizaje del error, no hay reparación.

Cuando alguien marca un problema —una incoherencia, una injusticia, un abuso de autoridad, una conducta impropia— la respuesta no es corregir: la respuesta es atacar. Y cuando no pueden refutar con ideas, refutan con etiquetas.

Ahí entra una mecánica destructiva: la demonización.

8) Demonizar al que sabe: el método más barato para destruir al instructor verdadero

La decadencia no solo expulsa a los instructores competentes: además los persigue simbólicamente. La institución no reconoce errores con quienes apartó o empujó a irse. Lo que hace es más simple y más violento: los demoniza.

¿Por qué? Porque admitir que se echó a un buen instructor implicaría admitir que se destruyó la escuela. Y admitir eso derrumba el relato. Entonces, para no aceptar responsabilidad, se fabrica un enemigo: el que se fue “es malo”, “es traidor”, “es peligroso”, “es oscuro”. No importa su formación ni su ética: importa el relato.

De ese modo, lo que queda adentro aprende el peor “método pedagógico” posible:
en vez de enseñar conocimiento, enseñan demonización.
En vez de formar criterio, forman odio.
En vez de elevar, degradan.



AL ABISMO LA GREY DE LA IGCA CEI Y SUS AUTORIDADES ELLOS LO SABEN Y HACE MUCHO.

9) Ritos sin práctica: el golpe moral que desmoraliza a la grey

Cuando el magisterio cae, la inconducta se multiplica. Y cuando la inconducta se tolera, el rito se vacía. El problema no es “pecado” en abstracto: el problema es la incoherencia institucional. Predicar una cosa y vivir otra. Exigir pureza a la base y permitir doble vida en la conducción.

Eso es devastador para la gente de buena fe: la grey cree que recibe guía auténtica, y recibe ceremonia sin sustancia. Cree que recibe ejemplo, y recibe máscara. Cree que recibe transformación, y recibe discurso.

Y mientras tanto, el fanatismo hace el resto: impide que la base vea, impide que la base pregunte, impide que la base exija.

10) La ecuación final: corrupción + amiguismo = colapso de la formación

La decadencia del magisterio no es un misterio. Es una ecuación:

  • si se nombra por amiguismo, cae el estándar;
  • si cae el estándar, se van los instructores competentes;
  • si se van los competentes, queda el vacío;
  • si queda el vacío, lo llena el improvisado;
  • si manda el improvisado, se impone el fanatismo;
  • si manda el fanatismo, se protege la corrupción.

Y así se cierra el círculo perfecto: la corrupción destruye la enseñanza y la mala enseñanza protege la corrupción.


Cierre: cuando un ignorante dirige, lo que se expande no es misión… es decadencia

No hay misión verdadera sin magisterio. No hay magisterio sin estudio. No hay estudio sin humildad. Y no hay humildad donde reina el orgullo fanático.

La decadencia del magisterio es esto: una estructura que ya no forma instructores, sino repetidores; ya no produce misioneros, sino voceros; ya no transmite enseñanza, sino consignas; ya no responde preguntas, sino que castiga al que pregunta.

Y ese es el punto más grave: no solo se vació la enseñanza.
Se vació el criterio.
Y cuando se vacía el criterio, lo único que queda para sostener el edificio es ruido, miedo, demonización y fanatismo.



 LO PEOR

De la enseñanza al reemplazo: cuando el tronco doctrinal se diluye

Este es otro punto clave se ignoran o minimizan las enseñanzas del referente gnóstico V.M.Samael Aun Weor, y que se reemplazan por una línea “100% Lakhsmi”, con influencia identificada  proveniente de Venezuela.

Más allá de posiciones, es verificable que Samael Aun Weor es descrito en fuentes públicas como fundador del movimiento gnóstico y que de su tronco surgieron múltiples organizaciones derivadas.
También es verificable que existen redes y páginas que se presentan como “Gnosis Samael Lakhsmi” .

Ahora, el argumento fuerte del artículo no es “qué línea es verdadera”. Es otro: cuando una institución cambia el eje doctrinal sin transparencia, sin programa, sin bibliografía ordenada y sin formación docente, no se produce una evolución: se produce confusión.

Y la confusión es el caldo de cultivo perfecto para dos cosas:

1.     el autoritarismo (porque “no se pregunta”), y

2.     el fanatismo (porque “se cree”).


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