La decadencia del magisterio:
cómo se vació la enseñanza y creció el fanatismo
IGCA-CEI en
los últimos 20 años: del instructor formado al vocero improvisado
Durante dos
décadas se instaló un fenómeno innegable: el nivel de instrucción se desplomó.
No se trata de “un cambio de época” ni de “nuevas generaciones”. Se trata de
una degradación sistemática del magisterio: se vació la enseñanza y se llenó
el espacio con fanatismo, amiguismo y propaganda.
La misión,
que debería sostenerse en conocimiento, método y conducta, fue reemplazada por
una lógica de pertenencia: se asciende por lealtad, no por capacidad. Y
cuando se premia al obediente por encima del competente, lo que cae no es solo
el nivel académico: cae la ética, cae la coherencia, cae el prestigio, cae la
credibilidad.
1) El derrumbe empieza cuando cambia el criterio:
lealtad por encima de idoneidad
Una
institución sólida elige instructores por preparación y resultados formativos.
Una institución deteriorada elige por cercanía, conveniencia y “ser de los
nuestros”. Esa inversión de criterios produce un efecto inmediato: la
excelencia estorba. El instructor serio hace preguntas, pide orden, exige
coherencia, sostiene estándares y deja en evidencia lo que está mal. En cambio,
el improvisado repite lo que le dicen y no incomoda a nadie… excepto a quienes
todavía piensan.
Así nace el
círculo vicioso: el cargo deja de ser un servicio y se vuelve un premio
interno. Y cuando el cargo se vuelve premio, la formación se vuelve trámite.
2) El síntoma más grave: instructores sin identidad
real de lo que integran
En el plano
organizacional, el síntoma más alarmante es este: hay misioneros e
instructores que ni siquiera tienen claridad de qué estructura integran,
qué significa el marco eclesial, qué responsabilidades implica, qué límites
existen, qué se enseña y desde dónde se enseña. Se mueven dentro de una sigla y
un relato, pero sin conciencia doctrinal ni institucional real.
Ese vacío no
es inocente. Donde hay ambigüedad, hay control. Y donde hay control, el
conocimiento se vuelve peligroso.
3) La fuga de instructores formadores: cuando se
expulsa el estándar, queda el eco
Toda escuela
depende de su cuerpo formador. Cuando los mejores instructores se van —porque
los empujan, porque los degradan, porque los silencian, porque ven corrupción y
se apartan— no se pierde “gente”: se pierde el estándar.
El vacío no
queda vacío: se llena con lo que haya. Y lo que suele haber, cuando se degrada
el criterio, es esto:
- instructores sin método
pedagógico,
- misioneros sin lectura profunda
de la enseñanza,
- voceros sin cultura general,
- personas sin habilidades
básicas de escritura y argumentación,
- y un reemplazo constante de
formación por “entonación” y “puesta en escena”.
Ahí ocurre
lo peor: el nuevo instruye sin estar instruido. Entonces ya no hay transmisión:
hay imitación. Ya no hay escuela: hay eco. Ignorancia formando ignorancia.
4) Reemplazo doctrinal sin escuela: la confusión como
sistema
Cuando se
desdibuja la enseñanza original y se reemplaza por un discurso externo
—instalado como “lo único” y repetido como consigna— el resultado no es una
evolución doctrinal: es un desorden interno. Porque un cambio serio exige
programa, bibliografía, método, evaluación, formación docente. Sin eso, queda
una mezcla incoherente que se sostiene con autoridad, no con estudio.
Y cuando el
estudio desaparece, aparece el dogma. No el dogma profundo y reflexivo: el
dogma de bolsillo, el dogma de consigna, el dogma que se usa para callar
preguntas.
5) Baja la cultura general y sube la impostura: hablar
no es enseñar
La
decadencia del magisterio no se mide solo por “cuánto saben”, sino por cómo
enseñan. Enseñar exige competencias mínimas: lectura comprensiva,
escritura, lógica, capacidad de ordenar ideas, responder preguntas sin
violencia, conducir procesos de aprendizaje.
Cuando se
coloca gente sin herramientas culturales y pedagógicas en roles de instrucción,
se produce un teatro: se aprende el tono, el gesto, la solemnidad… pero no el
contenido. Y el que observa con honestidad lo nota de inmediato: muchas veces
hay “verbo” sin fondo.
En ese
punto, el instructor deja de ser formador y se transforma en actor: correcto
delante del público, incoherente fuera del escenario. Mucha apariencia, poca
práctica. Mucho “discurso”, poca vida.
6) El orgullo del ignorante: el fanatismo como
reemplazo del conocimiento
Cuando no
hay formación real, debería haber humildad. Pero en estructuras degradadas
sucede lo contrario: aparece el orgullo fanático, que es la máscara perfecta
para la ignorancia.
- Se instala la idea de
“elegidos”.
- Se desprecia a los demás.
- Se atacan otras corrientes o
instituciones por reflejo, no por argumentos.
- Se confunde pertenencia con
verdad.
- Se confunde obediencia con
realización.
El fanatismo
es funcional: evita que la gente piense, evita que pregunte, evita que compare.
El fanático no estudia: milita. Y el militante es útil para sostener
jerarquías, tapar incoherencias y blindar el poder.
7) Susceptibilidad a la verdad: reaccionan, no
reflexionan
A medida que
el nivel cae, la institución se vuelve emocionalmente frágil: no tolera la
verdad. Se vuelve altamente reactiva ante cualquier señalamiento. No hay capacidad
de autocrítica, no hay aprendizaje del error, no hay reparación.
Cuando
alguien marca un problema —una incoherencia, una injusticia, un abuso de
autoridad, una conducta impropia— la respuesta no es corregir: la respuesta es
atacar. Y cuando no pueden refutar con ideas, refutan con etiquetas.
Ahí entra
una mecánica destructiva: la demonización.
8) Demonizar al que sabe: el método más barato para
destruir al instructor verdadero
La
decadencia no solo expulsa a los instructores competentes: además los persigue
simbólicamente. La institución no reconoce errores con quienes apartó o empujó
a irse. Lo que hace es más simple y más violento: los demoniza.
¿Por qué?
Porque admitir que se echó a un buen instructor implicaría admitir que se
destruyó la escuela. Y admitir eso derrumba el relato. Entonces, para no
aceptar responsabilidad, se fabrica un enemigo: el que se fue “es malo”, “es
traidor”, “es peligroso”, “es oscuro”. No importa su formación ni su ética:
importa el relato.
De ese modo,
lo que queda adentro aprende el peor “método pedagógico” posible:
en vez de enseñar conocimiento, enseñan demonización.
En vez de formar criterio, forman odio.
En vez de elevar, degradan.
9) Ritos sin práctica: el golpe moral que desmoraliza
a la grey
Cuando el
magisterio cae, la inconducta se multiplica. Y cuando la inconducta se tolera,
el rito se vacía. El problema no es “pecado” en abstracto: el problema es la
incoherencia institucional. Predicar una cosa y vivir otra. Exigir pureza a la
base y permitir doble vida en la conducción.
Eso es
devastador para la gente de buena fe: la grey cree que recibe guía auténtica, y
recibe ceremonia sin sustancia. Cree que recibe ejemplo, y recibe máscara. Cree
que recibe transformación, y recibe discurso.
Y mientras
tanto, el fanatismo hace el resto: impide que la base vea, impide que la base
pregunte, impide que la base exija.
10) La ecuación final: corrupción + amiguismo =
colapso de la formación
La
decadencia del magisterio no es un misterio. Es una ecuación:
- si se nombra por amiguismo, cae
el estándar;
- si cae el estándar, se van los
instructores competentes;
- si se van los competentes,
queda el vacío;
- si queda el vacío, lo llena el
improvisado;
- si manda el improvisado, se
impone el fanatismo;
- si manda el fanatismo, se
protege la corrupción.
Y así se cierra el círculo perfecto: la corrupción destruye la enseñanza y la mala enseñanza protege la corrupción.
Cierre: cuando un ignorante dirige, lo que se expande
no es misión… es decadencia
No hay
misión verdadera sin magisterio. No hay magisterio sin estudio. No hay estudio
sin humildad. Y no hay humildad donde reina el orgullo fanático.
La
decadencia del magisterio es esto: una estructura que ya no forma
instructores, sino repetidores; ya no produce misioneros, sino voceros; ya no
transmite enseñanza, sino consignas; ya no responde preguntas, sino que castiga
al que pregunta.
Y ese es el
punto más grave: no solo se vació la enseñanza.
Se vació el criterio.
Y cuando se vacía el criterio, lo único que queda para sostener el edificio es
ruido, miedo, demonización y fanatismo.
De la enseñanza al reemplazo: cuando el tronco doctrinal se diluye
Este es otro punto clave se ignoran o
minimizan las enseñanzas del referente gnóstico V.M.Samael Aun Weor, y que se
reemplazan por una línea “100% Lakhsmi”, con influencia identificada proveniente de Venezuela.
Más allá de posiciones, es verificable que
Samael Aun Weor es descrito en fuentes públicas como fundador del movimiento gnóstico y que de su tronco
surgieron múltiples organizaciones derivadas.
También es verificable que existen redes y páginas que se presentan como
“Gnosis Samael Lakhsmi” .
Ahora, el argumento fuerte del artículo no es
“qué línea es verdadera”. Es otro: cuando
una institución cambia el eje doctrinal sin transparencia, sin programa, sin bibliografía
ordenada y sin formación docente, no se produce una evolución: se
produce confusión.
Y la confusión es el caldo de cultivo perfecto
para dos cosas:
1.
el autoritarismo (porque “no se pregunta”), y
2. el fanatismo (porque “se cree”).








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