Mientras Venezuela entierra a sus muertos, la IGCA-CEI organiza otra convivencia
Cancelaron el curso del 4 de febrero por “problemas
económicos”, pero ahora convocan a gastar más de 150.000 dólares antes del
Congreso de Toledo
Hay
comunicados que informan.
Hay
comunicados que intentan explicar.
Y hay
comunicados que, sin proponérselo, terminan revelando la verdadera escala de
prioridades de quienes los redactan.
El nuevo
documento JUN-CO-43, firmado y sellado el 11 de julio de 2026 en el
Monasterio Templo Rey Lumen de Lumine, invita a vicarios, coordinadores
nacionales, obispos, misioneros, sacerdotes, isis y al llamado “Pueblo Gnóstico
Internacional” a participar de una convivencia entre el 23 y el 27 de agosto
de 2026.
El
comunicado afirma que la situación en Venezuela es “estable y segura”, que los
pasos fronterizos funcionan normalmente, que el aeropuerto de Valencia está
operativo y que los vuelos nacionales trabajan con normalidad. No menciona el
terremoto. No menciona a los muertos. No menciona a los desplazados. No
menciona la destrucción. No menciona la situación crítica del aeropuerto de
Maiquetía. Tampoco informa sobre una colecta humanitaria, un fondo de
asistencia, una campaña de alimentos o una decisión institucional de destinar
parte de los recursos a las víctimas.
La impresión e insensibilidad que deja el documento es brutal:
Venezuela
puede estar herida, pero la convivencia no debe detenerse.
Venezuela no está “normal”
El 24 de
junio, dos terremotos de gran magnitud golpearon Venezuela y provocaron una
catástrofe humana e infraestructural. Para el 11 de julio, los reportes
hablaban de más de 4.300 fallecidos, miles de heridos y una enorme
operación de recuperación todavía pendiente. En La Guaira, una de las zonas más
afectadas, miles de personas quedaron desplazadas y con graves dificultades
para acceder a agua potable, instalaciones sanitarias y viviendas seguras.
El
Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta aérea del
país, sufrió daños importantes. Gran parte del tráfico fue trasladado a
Valencia; una pista fue rehabilitada inicialmente para vuelos humanitarios,
mientras los pasajeros soportaban desvíos, demoras y aeropuertos alternativos
desbordados. A comienzos de julio no podía hablarse de una operación
internacional plenamente normalizada.
Sin embargo,
el comunicado de la supuesta dirección espiritual internacional no comienza
diciendo:
“Nuestro
pueblo está sufriendo”.
No dice:
“Organizaremos
una campaña para los damnificados”.
No anuncia:
“La
convivencia será reemplazada por una jornada humanitaria”.
Tampoco
expresa que una parte de los recursos será destinada a reconstruir viviendas,
comprar medicamentos, distribuir agua o ayudar a las familias afectadas.
Lo que dice,
en esencia, es que se puede entrar por Valencia y que la convivencia sigue
adelante.
No parece
preocuparles tanto el estado del pueblo venezolano como la manera de hacer
llegar a los asistentes.
La tragedia
aparece tratada como un problema logístico.
No como un
llamado a la caridad.
No como una
prueba de fraternidad.
No como una
obligación espiritual.
Solamente
como una dificultad de transporte que debe ser sorteada para que la maquinaria
continúe funcionando.
El curso del 4 de febrero que no pudieron sostener
La
contradicción se vuelve todavía más grave cuando recordamos lo sucedido pocos
meses antes.
El Curso de
Misioneros que debía comenzar el 4 de febrero de 2026 en el mismo
Monasterio Lumen de Lumine fue suspendido alegando “razones de logística de
cupo” y “condiciones económicas”.
Aquella
cancelación generó preguntas evidentes. Durante décadas, según los testimonios
reunidos, el curso había sido gratuito y los propios asistentes pagaban su
alimentación y estadía. Por eso nunca quedó claro qué significaba realmente que
no existieran “condiciones económicas” para realizarlo.
No pudieron
sostener un curso destinado a formar misioneros.
No pudieron
explicar cuál era el problema concreto de cupo.
No
publicaron un presupuesto detallado.
No indicaron
cuántos inscriptos había.
No
explicaron qué gasto extraordinario impedía realizarlo.
No mostraron
un acta transparente con las razones de la suspensión.
Pero ahora,
en agosto, el mismo lugar parece estar nuevamente disponible.
Ahora sí hay
espacio.
Ahora sí
existe logística.
Ahora sí se
puede recibir gente.
Ahora sí se
considera posible organizar una convivencia de varios días.
Entonces la
pregunta surge inevitablemente:
¿Qué cambió
entre febrero y agosto?
¿Aparecieron
mágicamente las condiciones económicas?
¿Se
ampliaron las habitaciones?
¿Se
resolvieron los problemas de cupo?
¿Se recuperó
la capacidad organizativa?
¿O la
diferencia está en que el curso era formación, mientras que la convivencia
representa un nuevo circuito de aportes, pagos y recaudación?
Cuando se
trata de formar, no hay recursos.
Cuando se
trata de convocar, cobrar alojamiento, comida, viajes y colaboraciones,
aparecen las condiciones.
Una convivencia en medio de una catástrofe
Según los
cálculos difundidos alrededor de estas convivencias —cálculos que deben ser
contrastados con la cantidad real de asistentes, los precios, la duración de la
estadía y los aportes solicitados—, el movimiento económico de cada encuentro
podría situarse entre 100.000 y 200.000 dólares.
Para la
convivencia de agosto, la estimación supera los 150.000 dólares entre
traslados, estadías, alimentación, contribuciones y demás gastos asumidos por
el pueblo.
Es necesario
hacer una precisión:
Que los
participantes gasten 150.000 dólares no significa necesariamente que toda esa
suma se convierta en ganancia ni que ingrese íntegramente en una sola caja
institucional.
Pero
precisamente por eso hacen falta cuentas.
¿Cuántas
personas asistirán?
¿Cuánto
pagará cada una?
¿Qué incluye
exactamente el pago?
¿Qué parte
corresponde a comida?
¿Qué parte
corresponde a alojamiento?
¿Qué parte
queda para mantenimiento?
¿Qué parte
ingresa directamente en la institución?
¿Quién
cobra?
¿Quién
administra?
¿Se entregan
comprobantes?
¿Se publica
un balance posterior?
¿Habrá algún
porcentaje destinado a los damnificados por el terremoto?
Sin esos
datos, la palabra “convivencia” puede convertirse en una pantalla amable detrás
de la cual circulan sumas enormes sin rendición pública.
¿Dónde está la caridad que tanto predican?
Una
institución que se proclama cristiana no demuestra su cristianismo únicamente
organizando misas, utilizando vestiduras, repitiendo fórmulas litúrgicas o
escribiendo comunicados solemnes.
Lo demuestra
cuando aparece el dolor.
Lo demuestra
cuando el otro necesita agua.
Lo demuestra
cuando una familia perdió su casa.
Lo demuestra
cuando hay heridos, desplazados, niños sin techo y ancianos que no pueden
valerse por sí mismos.
Cristo no
preguntaría primero cuántas personas pueden llegar desde Valencia.
Preguntaría
cuántas personas necesitan ayuda.
Una iglesia
verdaderamente cristiana, ante una catástrofe de esta magnitud, podría haber
anunciado que Lumen de Lumine se convertiría temporalmente en un centro de
recolección de alimentos, medicamentos, agua, mantas y elementos de higiene.
Podría haber
pedido a cada diócesis extranjera una contribución extraordinaria para
Venezuela.
Podría haber
destinado lo recaudado en agosto a familias damnificadas.
Podría haber
organizado cuadrillas de asistencia.
Podría haber
publicado una rendición diaria.
Podría haber
dicho:
“Este año no
habrá convivencia festiva porque nuestro pueblo necesita solidaridad”.
Pero
aparentemente la decisión fue otra:
la
convivencia se realiza igual y el pueblo vuelve a pagar.
La
espiritualidad que no se transforma en misericordia es solamente
representación.
La liturgia
que no ve al que sufre es teatro.
Y una
institución que contempla una catástrofe y únicamente piensa cómo mantener su
calendario económico debería preguntarse seriamente qué clase de cristianismo
está practicando.
Lumen de Lumine: ¿casa del pueblo o centro de
recaudación?
Durante
años, el pueblo gnóstico fue convocado a colaborar con Lumen de Lumine.
Se pidió
dinero.
Se pidió
trabajo.
Se pidió
sacrificio.
Se pidió
obediencia.
Se pidió
confianza.
Se presentó
aquella obra como la casa espiritual de la grey, un lugar de formación,
fraternidad, aprendizaje y servicio.
Sin embargo,
cuando llegó el momento de realizar el Curso de Misioneros del 4 de febrero,
aparecieron los problemas de cupo y economía.
Cuando
Venezuela fue golpeada por una tragedia, no apareció en el comunicado una
convocatoria humanitaria.
Pero cuando
llegó el momento de organizar otra convivencia, Lumen de Lumine volvió a abrir
sus puertas.
La
publicación ya había planteado la contradicción de poseer una gran
infraestructura en Venezuela, financiada durante años por la comunidad,
mientras se organizaba el congreso más importante en Toledo, obligando a los
miembros americanos a afrontar pasajes, hoteles, comidas y gastos en euros.
Ahora
aparece otra contradicción:
Lumen de
Lumine no pudo servir para formar misioneros en febrero, pero sí puede servir
para convocar una convivencia económicamente importante en agosto.
Y mientras
tanto, Venezuela necesita ayuda.
Agosto primero, Toledo después
La
convivencia de agosto no aparece aislada.
Se organiza
apenas dos meses antes del Congreso Internacional de Toledo, previsto entre el
23 y el 27 de octubre.
Es decir, se
vuelve a convocar al mismo pueblo a realizar un esfuerzo económico en agosto y,
poco después, a enfrentar otro gasto mucho mayor para viajar a España.
Pasajes.
Alojamiento.
Inscripción.
Comidas.
Traslados.
Materiales.
Liturgia.
Aportes.
Colaboraciones.
Campañas.
Todo
presentado bajo un discurso espiritual que parece no reconocer límites
económicos ni humanos.
El mismo
aparato que suspendió el curso del 4 de febrero por razones económicas
promociona un congreso internacional con una infraestructura costosa, servicios
audiovisuales, traducción, alojamientos turísticos y una capacidad principal
limitada.
En
publicaciones anteriores se exhibieron alojamientos de cientos de euros,
tarifas no reembolsables y un costo global del evento que superaría ampliamente
los 200.000 euros.
A esto se
suma el nuevo comunicado JUN-CO-44, también fechado el 11 de julio, que
ya ordena la logística de la misa gnóstica del 27 de octubre, exige vestiduras
sagradas y anuncia la ceremonia como la “solemnidad culminante” del Congreso de
Toledo.
Mientras un
comunicado ignora prácticamente el terremoto y facilita la llegada a la
convivencia, el otro se ocupa minuciosamente de las vestiduras que deberán
lucirse en Toledo.
Para la
tragedia: silencio.
Para la
ceremonia: instrucciones.
Para los
damnificados: ninguna campaña informada.
Para la
escenografía litúrgica: organización anticipada.
Esa
comparación habla por sí sola.
El problema no es reunirse: el problema son las
prioridades
Nadie
cuestiona que una comunidad religiosa pueda organizar encuentros.
Nadie niega
que alimentar y alojar personas tiene costos.
Nadie
afirma, sin balances, que toda convivencia produzca ganancias.
El problema
es otro.
El problema
es suspender formación por falta de condiciones y después descubrir condiciones
para una actividad económicamente más intensa.
El problema
es atravesar una tragedia nacional y no colocar públicamente la ayuda
humanitaria en el centro de la convocatoria.
El problema
es hablar de seguridad y normalidad mientras miles de familias viven las
consecuencias del terremoto.
El problema
es pedir otro sacrificio antes de Toledo, sin publicar cuentas claras.
El problema
es convertir cada acontecimiento espiritual en una nueva obligación económica
para las mismas personas.
Y el
problema mayor es la ausencia de sensibilidad.
Porque se
puede ser pobre y solidario.
Se puede
tener pocos recursos y ayudar.
Se puede
carecer de dinero y, aun así, poner una sede, una cocina, un vehículo, una
habitación o una red de voluntarios al servicio de quienes sufren.
Lo que no se
puede hacer es proclamar una doctrina cristiana y actuar como si una tragedia
humana fuera solamente una molestia aeroportuaria.
Las preguntas que deben responder
Antes de
pedirle un dólar más al pueblo gnóstico, el Consejo Ejecutivo Internacional
debería informar:
¿Cuántas
personas asistirán a la convivencia de agosto?
¿Cuánto
deberá pagar cada participante?
¿Cuál es el
presupuesto total?
¿Cuánto dinero
se espera recaudar o movilizar?
¿Qué
autoridad recibirá los fondos?
¿Habrá
comprobantes y balance?
¿Por qué el
curso del 4 de febrero no pudo realizarse, pero la convivencia sí?
¿Qué ocurrió
con las supuestas dificultades económicas y de cupo?
¿Cuánto
dinero aportará la institución a las víctimas del terremoto?
¿Qué ayuda
concreta ya fue entregada?
¿Por qué el
comunicado no menciona a los fallecidos y damnificados?
¿Por qué se
habla de que Venezuela está estable y segura sin explicar la verdadera situación
de Maiquetía y La Guaira?
¿Por qué se
impulsa otro gasto en agosto, cuando en octubre se exigirá un esfuerzo
económico todavía mayor para Toledo?
Si las
respuestas existen, que las publiquen.
Con números.
Con
documentos.
Con recibos.
Con
balances.
No con
frases solemnes.
No con
sellos.
No con
firmas repetidas.
No con
apelaciones a la obediencia.
La verdadera convivencia sería compartir el dolor
Una
convivencia cristiana no debería medirse por la cantidad de habitaciones
ocupadas.
Debería
medirse por la cantidad de personas ayudadas.
No por
cuánto dinero circuló.
Sino por
cuánto sufrimiento se alivió.
No por
cuántas vestiduras se utilizaron.
Sino por
cuántos cuerpos fueron alimentados.
No por la
solemnidad de una misa en Toledo.
Sino por la
misericordia demostrada en Venezuela.
El terremoto
puso a prueba mucho más que edificios, aeropuertos y carreteras.
Puso a
prueba la conciencia de quienes dicen representar una enseñanza espiritual.
Y hasta
ahora, los nuevos comunicados parecen mostrar que la prioridad no es auxiliar
al pueblo.
La prioridad
es que el pueblo siga llegando.
Que siga
participando.
Que siga
aportando.
Que siga
pagando.
En febrero
no pudieron mantener un curso.
En junio
Venezuela fue sacudida por una tragedia.
En agosto
organizan una nueva convivencia.
En octubre
los esperan Toledo, los hoteles, las inscripciones, la liturgia y la gran
puesta en escena internacional.
La secuencia
es demasiado clara para ignorarla:
se cancela
la formación, se minimiza la tragedia y se conserva la recaudación.
Eso no es
sensibilidad cristiana.
Eso no es
fraternidad.
Eso no es
caridad.
Es la
administración económica de una fe que cada día parece costarle más al pueblo y
exigirle menos a quienes la dirigen.
Y mientras
Venezuela llora, alguien ya está calculando cuántas personas llegarán por
Valencia.
La misa de Toledo: túnicas para todos, lugar para
pocos
El nuevo
comunicado JUN-CO-44 anuncia que el 27 de octubre, a las cinco de la
tarde, se celebrará la Misa Gnóstica como acto culminante del Congreso
Internacional. También ordena que asistentes y oficiantes lleven sus vestiduras
sagradas.
Todo muy
solemne.
Pero el
comunicado evita responder lo más importante:
¿Dónde van a
entrar todos?
El recinto
principal tendría capacidad para unas 975 personas, mientras que la
cantidad promocionada de asistentes sería considerablemente mayor. Sin embargo,
no se informa en qué salón se celebrará la misa, cuántas personas podrán
ingresar ni qué ocurrirá con quienes queden afuera.
Piden las
túnicas, pero no explican dónde colocarán a quienes las lleven.
¿Comunión por televisión?
La escena
roza la tragicomedia: cientos de personas viajan desde América, pagan vuelos,
hoteles, inscripción y comidas, transportan cuidadosamente sus túnicas y, al
llegar, podrían descubrir que la ceremonia central deberán verla desde una
pantalla.
—¿Pagó?
—Sí.
—¿Viajó
desde América?
—Sí.
—¿Trajo la
túnica?
—Sí.
—Perfecto:
su misa se transmite en el salón auxiliar.
Si el acto
se divide entre varios recintos, deben explicar cómo funcionará. ¿Habrá altares
secundarios? ¿Sacerdotes en cada sala? ¿Se distribuirán el pan y el vino fuera
del salón principal? ¿O cientos de personas contemplarán por televisión cómo
otros participan de la ceremonia?
Nada de eso
aparece en el comunicado.
Del rito al espectáculo
Si la misa
se realiza en un teatro o anfiteatro, habrá que montar altar, cámaras,
reflectores, micrófonos, pantallas y transmisión audiovisual.
El supuesto
acto culminante puede terminar convertido en una gran puesta en escena:
dirigentes
en el escenario, autoridades en primera fila, cámaras registrándolo todo y el
pueblo distribuido frente a televisores.
No se
cuestiona la ceremonia religiosa. Se cuestiona la falta de claridad y la
desigualdad entre quienes estarán dentro y quienes, habiendo pagado lo mismo,
podrían quedar relegados a una transmisión.
Antes de
exigir vestiduras, deberían publicar:
el lugar
exacto, su capacidad real y qué sucederá con quienes no entren.
Porque sería
grotesco viajar miles de kilómetros para asistir a un congreso internacional y
terminar viendo su “solemnidad culminante” por circuito cerrado.
La túnica
será presencial.
La comunión,
quizá, por pantalla gigante.










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