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16 de julio de 2026

Mientras Venezuela entierra a sus muertos, la IGCA-CEI organiza otra convivencia

 

 Mientras Venezuela entierra a sus muertos, la IGCA-CEI organiza otra convivencia

Cancelaron el curso del 4 de febrero por “problemas económicos”, pero ahora convocan a gastar más de 150.000 dólares antes del Congreso de Toledo



Hay comunicados que informan.

Hay comunicados que intentan explicar.

Y hay comunicados que, sin proponérselo, terminan revelando la verdadera escala de prioridades de quienes los redactan.

El nuevo documento JUN-CO-43, firmado y sellado el 11 de julio de 2026 en el Monasterio Templo Rey Lumen de Lumine, invita a vicarios, coordinadores nacionales, obispos, misioneros, sacerdotes, isis y al llamado “Pueblo Gnóstico Internacional” a participar de una convivencia entre el 23 y el 27 de agosto de 2026.

El comunicado afirma que la situación en Venezuela es “estable y segura”, que los pasos fronterizos funcionan normalmente, que el aeropuerto de Valencia está operativo y que los vuelos nacionales trabajan con normalidad. No menciona el terremoto. No menciona a los muertos. No menciona a los desplazados. No menciona la destrucción. No menciona la situación crítica del aeropuerto de Maiquetía. Tampoco informa sobre una colecta humanitaria, un fondo de asistencia, una campaña de alimentos o una decisión institucional de destinar parte de los recursos a las víctimas.



La impresión e insensibilidad que deja el documento es brutal:

Venezuela puede estar herida, pero la convivencia no debe detenerse.



Venezuela no está “normal”

El 24 de junio, dos terremotos de gran magnitud golpearon Venezuela y provocaron una catástrofe humana e infraestructural. Para el 11 de julio, los reportes hablaban de más de 4.300 fallecidos, miles de heridos y una enorme operación de recuperación todavía pendiente. En La Guaira, una de las zonas más afectadas, miles de personas quedaron desplazadas y con graves dificultades para acceder a agua potable, instalaciones sanitarias y viviendas seguras.

El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta aérea del país, sufrió daños importantes. Gran parte del tráfico fue trasladado a Valencia; una pista fue rehabilitada inicialmente para vuelos humanitarios, mientras los pasajeros soportaban desvíos, demoras y aeropuertos alternativos desbordados. A comienzos de julio no podía hablarse de una operación internacional plenamente normalizada.

Sin embargo, el comunicado de la supuesta dirección espiritual internacional no comienza diciendo:

“Nuestro pueblo está sufriendo”.

No dice:

“Organizaremos una campaña para los damnificados”.

No anuncia:

“La convivencia será reemplazada por una jornada humanitaria”.

Tampoco expresa que una parte de los recursos será destinada a reconstruir viviendas, comprar medicamentos, distribuir agua o ayudar a las familias afectadas.

Lo que dice, en esencia, es que se puede entrar por Valencia y que la convivencia sigue adelante.

No parece preocuparles tanto el estado del pueblo venezolano como la manera de hacer llegar a los asistentes.

La tragedia aparece tratada como un problema logístico.

No como un llamado a la caridad.

No como una prueba de fraternidad.

No como una obligación espiritual.

Solamente como una dificultad de transporte que debe ser sorteada para que la maquinaria continúe funcionando.



El curso del 4 de febrero que no pudieron sostener

La contradicción se vuelve todavía más grave cuando recordamos lo sucedido pocos meses antes.

El Curso de Misioneros que debía comenzar el 4 de febrero de 2026 en el mismo Monasterio Lumen de Lumine fue suspendido alegando “razones de logística de cupo” y “condiciones económicas”.

Aquella cancelación generó preguntas evidentes. Durante décadas, según los testimonios reunidos, el curso había sido gratuito y los propios asistentes pagaban su alimentación y estadía. Por eso nunca quedó claro qué significaba realmente que no existieran “condiciones económicas” para realizarlo.

No pudieron sostener un curso destinado a formar misioneros.

No pudieron explicar cuál era el problema concreto de cupo.

No publicaron un presupuesto detallado.

No indicaron cuántos inscriptos había.

No explicaron qué gasto extraordinario impedía realizarlo.

No mostraron un acta transparente con las razones de la suspensión.

Pero ahora, en agosto, el mismo lugar parece estar nuevamente disponible.

Ahora sí hay espacio.

Ahora sí existe logística.

Ahora sí se puede recibir gente.

Ahora sí se considera posible organizar una convivencia de varios días.

Entonces la pregunta surge inevitablemente:

¿Qué cambió entre febrero y agosto?

¿Aparecieron mágicamente las condiciones económicas?

¿Se ampliaron las habitaciones?

¿Se resolvieron los problemas de cupo?

¿Se recuperó la capacidad organizativa?

¿O la diferencia está en que el curso era formación, mientras que la convivencia representa un nuevo circuito de aportes, pagos y recaudación?

Cuando se trata de formar, no hay recursos.

Cuando se trata de convocar, cobrar alojamiento, comida, viajes y colaboraciones, aparecen las condiciones.

Una convivencia en medio de una catástrofe

Según los cálculos difundidos alrededor de estas convivencias —cálculos que deben ser contrastados con la cantidad real de asistentes, los precios, la duración de la estadía y los aportes solicitados—, el movimiento económico de cada encuentro podría situarse entre 100.000 y 200.000 dólares.

Para la convivencia de agosto, la estimación supera los 150.000 dólares entre traslados, estadías, alimentación, contribuciones y demás gastos asumidos por el pueblo.

Es necesario hacer una precisión:

Que los participantes gasten 150.000 dólares no significa necesariamente que toda esa suma se convierta en ganancia ni que ingrese íntegramente en una sola caja institucional.

Pero precisamente por eso hacen falta cuentas.

¿Cuántas personas asistirán?

¿Cuánto pagará cada una?

¿Qué incluye exactamente el pago?

¿Qué parte corresponde a comida?

¿Qué parte corresponde a alojamiento?

¿Qué parte queda para mantenimiento?

¿Qué parte ingresa directamente en la institución?

¿Quién cobra?

¿Quién administra?

¿Se entregan comprobantes?

¿Se publica un balance posterior?

¿Habrá algún porcentaje destinado a los damnificados por el terremoto?

Sin esos datos, la palabra “convivencia” puede convertirse en una pantalla amable detrás de la cual circulan sumas enormes sin rendición pública.

¿Dónde está la caridad que tanto predican?

Una institución que se proclama cristiana no demuestra su cristianismo únicamente organizando misas, utilizando vestiduras, repitiendo fórmulas litúrgicas o escribiendo comunicados solemnes.

Lo demuestra cuando aparece el dolor.

Lo demuestra cuando el otro necesita agua.

Lo demuestra cuando una familia perdió su casa.

Lo demuestra cuando hay heridos, desplazados, niños sin techo y ancianos que no pueden valerse por sí mismos.

Cristo no preguntaría primero cuántas personas pueden llegar desde Valencia.

Preguntaría cuántas personas necesitan ayuda.

Una iglesia verdaderamente cristiana, ante una catástrofe de esta magnitud, podría haber anunciado que Lumen de Lumine se convertiría temporalmente en un centro de recolección de alimentos, medicamentos, agua, mantas y elementos de higiene.

Podría haber pedido a cada diócesis extranjera una contribución extraordinaria para Venezuela.

Podría haber destinado lo recaudado en agosto a familias damnificadas.

Podría haber organizado cuadrillas de asistencia.

Podría haber publicado una rendición diaria.

Podría haber dicho:

“Este año no habrá convivencia festiva porque nuestro pueblo necesita solidaridad”.

Pero aparentemente la decisión fue otra:

la convivencia se realiza igual y el pueblo vuelve a pagar.

La espiritualidad que no se transforma en misericordia es solamente representación.

La liturgia que no ve al que sufre es teatro.

Y una institución que contempla una catástrofe y únicamente piensa cómo mantener su calendario económico debería preguntarse seriamente qué clase de cristianismo está practicando.


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Lumen de Lumine: ¿casa del pueblo o centro de recaudación?

Durante años, el pueblo gnóstico fue convocado a colaborar con Lumen de Lumine.

Se pidió dinero.

Se pidió trabajo.

Se pidió sacrificio.

Se pidió obediencia.

Se pidió confianza.

Se presentó aquella obra como la casa espiritual de la grey, un lugar de formación, fraternidad, aprendizaje y servicio.

Sin embargo, cuando llegó el momento de realizar el Curso de Misioneros del 4 de febrero, aparecieron los problemas de cupo y economía.

Cuando Venezuela fue golpeada por una tragedia, no apareció en el comunicado una convocatoria humanitaria.

Pero cuando llegó el momento de organizar otra convivencia, Lumen de Lumine volvió a abrir sus puertas.

La publicación ya había planteado la contradicción de poseer una gran infraestructura en Venezuela, financiada durante años por la comunidad, mientras se organizaba el congreso más importante en Toledo, obligando a los miembros americanos a afrontar pasajes, hoteles, comidas y gastos en euros.

Ahora aparece otra contradicción:

Lumen de Lumine no pudo servir para formar misioneros en febrero, pero sí puede servir para convocar una convivencia económicamente importante en agosto.

Y mientras tanto, Venezuela necesita ayuda.

Agosto primero, Toledo después

La convivencia de agosto no aparece aislada.

Se organiza apenas dos meses antes del Congreso Internacional de Toledo, previsto entre el 23 y el 27 de octubre.

Es decir, se vuelve a convocar al mismo pueblo a realizar un esfuerzo económico en agosto y, poco después, a enfrentar otro gasto mucho mayor para viajar a España.

Pasajes.

Alojamiento.

Inscripción.

Comidas.

Traslados.

Materiales.

Liturgia.

Aportes.

Colaboraciones.

Campañas.

Todo presentado bajo un discurso espiritual que parece no reconocer límites económicos ni humanos.

El mismo aparato que suspendió el curso del 4 de febrero por razones económicas promociona un congreso internacional con una infraestructura costosa, servicios audiovisuales, traducción, alojamientos turísticos y una capacidad principal limitada.

En publicaciones anteriores se exhibieron alojamientos de cientos de euros, tarifas no reembolsables y un costo global del evento que superaría ampliamente los 200.000 euros.

A esto se suma el nuevo comunicado JUN-CO-44, también fechado el 11 de julio, que ya ordena la logística de la misa gnóstica del 27 de octubre, exige vestiduras sagradas y anuncia la ceremonia como la “solemnidad culminante” del Congreso de Toledo.

Mientras un comunicado ignora prácticamente el terremoto y facilita la llegada a la convivencia, el otro se ocupa minuciosamente de las vestiduras que deberán lucirse en Toledo.

Para la tragedia: silencio.

Para la ceremonia: instrucciones.

Para los damnificados: ninguna campaña informada.

Para la escenografía litúrgica: organización anticipada.

Esa comparación habla por sí sola.

El problema no es reunirse: el problema son las prioridades

Nadie cuestiona que una comunidad religiosa pueda organizar encuentros.

Nadie niega que alimentar y alojar personas tiene costos.

Nadie afirma, sin balances, que toda convivencia produzca ganancias.

El problema es otro.

El problema es suspender formación por falta de condiciones y después descubrir condiciones para una actividad económicamente más intensa.

El problema es atravesar una tragedia nacional y no colocar públicamente la ayuda humanitaria en el centro de la convocatoria.

El problema es hablar de seguridad y normalidad mientras miles de familias viven las consecuencias del terremoto.

El problema es pedir otro sacrificio antes de Toledo, sin publicar cuentas claras.

El problema es convertir cada acontecimiento espiritual en una nueva obligación económica para las mismas personas.

Y el problema mayor es la ausencia de sensibilidad.

Porque se puede ser pobre y solidario.

Se puede tener pocos recursos y ayudar.

Se puede carecer de dinero y, aun así, poner una sede, una cocina, un vehículo, una habitación o una red de voluntarios al servicio de quienes sufren.

Lo que no se puede hacer es proclamar una doctrina cristiana y actuar como si una tragedia humana fuera solamente una molestia aeroportuaria.




Las preguntas que deben responder

Antes de pedirle un dólar más al pueblo gnóstico, el Consejo Ejecutivo Internacional debería informar:

¿Cuántas personas asistirán a la convivencia de agosto?

¿Cuánto deberá pagar cada participante?

¿Cuál es el presupuesto total?

¿Cuánto dinero se espera recaudar o movilizar?

¿Qué autoridad recibirá los fondos?

¿Habrá comprobantes y balance?

¿Por qué el curso del 4 de febrero no pudo realizarse, pero la convivencia sí?

¿Qué ocurrió con las supuestas dificultades económicas y de cupo?

¿Cuánto dinero aportará la institución a las víctimas del terremoto?

¿Qué ayuda concreta ya fue entregada?

¿Por qué el comunicado no menciona a los fallecidos y damnificados?

¿Por qué se habla de que Venezuela está estable y segura sin explicar la verdadera situación de Maiquetía y La Guaira?

¿Por qué se impulsa otro gasto en agosto, cuando en octubre se exigirá un esfuerzo económico todavía mayor para Toledo?

Si las respuestas existen, que las publiquen.

Con números.

Con documentos.

Con recibos.

Con balances.

No con frases solemnes.

No con sellos.

No con firmas repetidas.

No con apelaciones a la obediencia.

La verdadera convivencia sería compartir el dolor

Una convivencia cristiana no debería medirse por la cantidad de habitaciones ocupadas.

Debería medirse por la cantidad de personas ayudadas.

No por cuánto dinero circuló.

Sino por cuánto sufrimiento se alivió.

No por cuántas vestiduras se utilizaron.

Sino por cuántos cuerpos fueron alimentados.

No por la solemnidad de una misa en Toledo.

Sino por la misericordia demostrada en Venezuela.

El terremoto puso a prueba mucho más que edificios, aeropuertos y carreteras.

Puso a prueba la conciencia de quienes dicen representar una enseñanza espiritual.

Y hasta ahora, los nuevos comunicados parecen mostrar que la prioridad no es auxiliar al pueblo.

La prioridad es que el pueblo siga llegando.

Que siga participando.

Que siga aportando.

Que siga pagando.

En febrero no pudieron mantener un curso.

En junio Venezuela fue sacudida por una tragedia.

En agosto organizan una nueva convivencia.

En octubre los esperan Toledo, los hoteles, las inscripciones, la liturgia y la gran puesta en escena internacional.

La secuencia es demasiado clara para ignorarla:

se cancela la formación, se minimiza la tragedia y se conserva la recaudación.

Eso no es sensibilidad cristiana.

Eso no es fraternidad.

Eso no es caridad.

Es la administración económica de una fe que cada día parece costarle más al pueblo y exigirle menos a quienes la dirigen.

Y mientras Venezuela llora, alguien ya está calculando cuántas personas llegarán por Valencia.

 

La misa de Toledo: túnicas para todos, lugar para pocos



El nuevo comunicado JUN-CO-44 anuncia que el 27 de octubre, a las cinco de la tarde, se celebrará la Misa Gnóstica como acto culminante del Congreso Internacional. También ordena que asistentes y oficiantes lleven sus vestiduras sagradas.

Todo muy solemne.

Pero el comunicado evita responder lo más importante:

¿Dónde van a entrar todos?

El recinto principal tendría capacidad para unas 975 personas, mientras que la cantidad promocionada de asistentes sería considerablemente mayor. Sin embargo, no se informa en qué salón se celebrará la misa, cuántas personas podrán ingresar ni qué ocurrirá con quienes queden afuera.

Piden las túnicas, pero no explican dónde colocarán a quienes las lleven.



¿Comunión por televisión?

La escena roza la tragicomedia: cientos de personas viajan desde América, pagan vuelos, hoteles, inscripción y comidas, transportan cuidadosamente sus túnicas y, al llegar, podrían descubrir que la ceremonia central deberán verla desde una pantalla.

—¿Pagó?

—Sí.

—¿Viajó desde América?

—Sí.

—¿Trajo la túnica?

—Sí.

—Perfecto: su misa se transmite en el salón auxiliar.

Si el acto se divide entre varios recintos, deben explicar cómo funcionará. ¿Habrá altares secundarios? ¿Sacerdotes en cada sala? ¿Se distribuirán el pan y el vino fuera del salón principal? ¿O cientos de personas contemplarán por televisión cómo otros participan de la ceremonia?

Nada de eso aparece en el comunicado.




Del rito al espectáculo

Si la misa se realiza en un teatro o anfiteatro, habrá que montar altar, cámaras, reflectores, micrófonos, pantallas y transmisión audiovisual.

El supuesto acto culminante puede terminar convertido en una gran puesta en escena:

dirigentes en el escenario, autoridades en primera fila, cámaras registrándolo todo y el pueblo distribuido frente a televisores.

No se cuestiona la ceremonia religiosa. Se cuestiona la falta de claridad y la desigualdad entre quienes estarán dentro y quienes, habiendo pagado lo mismo, podrían quedar relegados a una transmisión.

Antes de exigir vestiduras, deberían publicar:

el lugar exacto, su capacidad real y qué sucederá con quienes no entren.

Porque sería grotesco viajar miles de kilómetros para asistir a un congreso internacional y terminar viendo su “solemnidad culminante” por circuito cerrado.

La túnica será presencial.

La comunión, quizá, por pantalla gigante.

 

 

 

1 comentario:

Mario dijo...

MANDENNOS TODO LO DE VICARI, FOTOS, VIDEOS, RELATOS HISTORIA Y ARMAMOS ALGO A NUESTRO MAIL pueblognosticodespierta@gmail.com QUE EN 15 DIAS LA PUBLICAMOS YA TENEMOS OTRA

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