EL PANTEÓN DE LOS REENCARNADOS
Apóstoles, emperadores, libertadores y maestros: la
aristocracia invisible que gobierna el presente desde sus supuestas vidas
pasadas
Todos fueron
grandes personajes. El pueblo, mientras tanto, paga, cree y obedece.
Pasen,
señoras y señores. Adelante. No tengan miedo.
Están a
punto de ingresar en uno de los recintos más extraordinarios de la historia
espiritual contemporánea: el panteón de los reencarnados.
A la derecha
encontrarán un apóstol.
Un poco más
adelante, un filósofo griego.
En la sala
contigua descansa un libertador de América.
También
tenemos un emperador inca, un célebre inventor, varios maestros ocultos y hasta
alguna divinidad elemental que, al parecer, habría solicitado turno para
regresar al mundo dentro de una familia determinada.
No pregunten
por campesinos anónimos.
No busquen
obreros, esclavos, soldados desconocidos, lavanderas, albañiles, mendigos,
enfermos abandonados ni mujeres que atravesaron la historia sin dejar su nombre
grabado en una estatua.
Aquí todos
fueron importantes.
Todos ocuparon
alguna vez un sitio destacado en el gran teatro de la humanidad.
Todos fueron
emperadores, filósofos, apóstoles, libertadores, inventores o maestros.
Y, por una
de esas casualidades que únicamente parecen producirse en ciertos círculos
espirituales, casi todos volvieron a encontrarse dentro del mismo ambiente
institucional.
No es poca
cosa.
La historia
universal, que durante siglos dispersó a sus grandes figuras por continentes,
culturas y épocas diferentes, habría decidido reunirlas nuevamente alrededor de
una organización, de sus autoridades, de sus familias y de sus allegados.
Una
verdadera cumbre de almas ilustres.
El Olimpo,
pero con reuniones administrativas.
La
eternidad, aunque parezca mentira, también necesita dirigentes, tesoreros,
inscripciones, alojamientos y comprobantes de pago.
LOS NOMBRES DEL PANTEÓN
Una
conversación privada enviada a este medio reproduce una serie de afirmaciones
que, según el testimonio de quien escribió esos mensajes, habrían circulado
durante años entre integrantes y allegados a la institución.
El material
sostiene, entre otras cosas, que Juan Capasso sería llamado dentro de su
círculo “maestro Xochipilli” y que, en Venezuela, se comentaba entre susurros
que habría sido Juan de Patmos.
También se
afirma que Gamaliel sería conocido como “maestro Arios” y que habría sido
Aristóteles.
El esposo de
Sandra Ibarra habría sido identificado con Simón Bolívar.
Una hija de
Luz Marina habría sido presentada, según ese relato, como una diosa elemental
que originalmente debía nacer en otro matrimonio, pero cuyo destino habría sido
modificado por decisión de un maestro.
El doctor
Olivo Cárdenas habría sido relacionado con Thomas Alva Edison.
Álvaro Ramos
habría sido el emperador Atahualpa.
Y un hijo de
Soraida, llamado Luxemil, habría sido asociado con el denominado maestro
Luxemil.
Estas
afirmaciones no se presentan aquí como hechos históricos, espirituales o
científicamente comprobados. Se publican como parte de un testimonio acerca de
las historias que presuntamente circularon dentro de determinados ámbitos
institucionales.
La
diferencia es fundamental.
No estamos
afirmando que una persona haya sido Aristóteles, Juan de Patmos, Atahualpa,
Edison o Simón Bolívar.
Estamos
señalando que, según el material recibido, esos relatos habrían sido
difundidos, comentados o aceptados dentro de un ambiente donde las identidades
espirituales parecen tener un peso especial.
Y es allí
donde la cuestión deja de ser una simple anécdota pintoresca.
TODOS FUERON ALGUIEN
Creer en la
reencarnación pertenece al terreno de las convicciones religiosas, filosóficas
y espirituales de cada persona.
Millones de
seres humanos creen que la conciencia atraviesa distintas existencias. Se trata
de una doctrina antigua, presente de diversas formas en tradiciones de Oriente
y Occidente.
El problema
no es ese.
El problema
comienza cuando la supuesta vida anterior se convierte en un currículum.
Un
currículum sin documentos.
Sin fechas
comprobables.
Sin testigos
independientes.
Sin
posibilidad de auditoría.
Sin derecho
a réplica.
Un
currículum que no se presenta para conseguir empleo, sino para adquirir
autoridad.
Porque no
produce el mismo efecto decir:
—Soy Juan,
Pedro o Gamaliel, y tengo una opinión.
Que afirmar,
directa o indirectamente:
—Soy la
reencarnación de un apóstol, de un filósofo universal, de un emperador o de un
libertador.
En el primer
caso, uno habla como ser humano.
En el
segundo, detrás de cada palabra parece levantarse una estatua.
El interlocutor
ya no discute con una persona común. Discute con Aristóteles. Contradice a Juan
de Patmos. Pone en duda a Atahualpa. Interroga a Simón Bolívar.
Y eso,
dentro de una comunidad espiritual, puede producir una forma muy particular de
intimidación.
No hace
falta amenazar.
Basta con
instalar la idea de que determinadas personas poseen una antigüedad espiritual,
una jerarquía interna o un conocimiento inaccesible para los demás.
El título no
aparece impreso en una tarjeta.
Se imprime
en la imaginación del creyente.
LA NOBLEZA DE LAS VIDAS PASADAS
Durante
siglos, las aristocracias justificaron su poder mediante la sangre.
Los reyes
gobernaban porque descendían de otros reyes.
Los nobles
heredaban tierras, títulos y privilegios porque habían nacido dentro de una
familia determinada.
En algunas
estructuras espirituales parece funcionar una nobleza diferente: la nobleza de
las vidas pasadas.
No se hereda
un marquesado.
Se hereda una
identidad cósmica.
No se exhibe
un escudo de armas.
Se exhibe un
nombre sagrado.
No se afirma
descender de un conde.
Se afirma
haber sido personalmente el conde, el emperador, el apóstol o el maestro.
Es una
aristocracia perfecta porque no necesita archivos.
Nadie puede
viajar al pasado para verificarla.
Nadie puede
solicitar una partida de nacimiento expedida en la antigua Grecia.
Nadie puede
pedirle a Aristóteles que reconozca su firma.
Nadie puede
convocar a Juan de Patmos para realizar una rueda de identificación.
La
credencial es invisible, pero sus efectos pueden ser muy visibles.
Quien acepta
el relato ya no contempla al dirigente como a un hombre sometido a errores,
ambiciones, temores y contradicciones.
Lo contempla
como a una continuidad histórica.
Como a un
elegido.
Como a
alguien que estaría varios escalones por encima del afiliado corriente.
El dirigente
deja de tener simplemente un cargo.
Adquiere una
leyenda.
Y una
leyenda resulta mucho más difícil de cuestionar que un cargo.
EL HOMBRE AL QUE SU NOMBRE NO LE ALCANZA
Hay algo
profundamente humano y también profundamente oscuro en esta necesidad de
adoptar nombres enormes.
¿Qué vacío
debe cubrir una persona cuando su nombre presente parece no bastarle?
¿Qué ocurre
cuando un hombre necesita que detrás de su rostro aparezca otro rostro, más
antiguo, más célebre y más poderoso?
Tal vez la
vida cotidiana resulte demasiado pequeña.
Tal vez ser
uno mismo no alcance.
Tal vez haga
falta haber escrito un evangelio, fundado una república, gobernado un imperio o
inventado la luz eléctrica para soportar la insignificancia de una tarde común.
Porque ser
una persona corriente es difícil.
Una persona
corriente puede equivocarse.
Puede
mentir.
Puede
administrar mal.
Puede actuar
movida por orgullo, miedo o interés.
Puede ser
cuestionada.
Un personaje
histórico reencarnado, en cambio, parece venir rodeado de una inmunidad casi
teatral.
Ya no es un
hombre tomando decisiones.
Es el
antiguo maestro que regresa.
Ya no es una
autoridad organizando un congreso.
Es una
conciencia superior cumpliendo una misión.
Ya no pide
obediencia.
Interpreta
la voluntad de los mundos internos.
Ya no
solicita dinero.
Invita a
colaborar con la obra.
Y cuando
toda decisión humana se disfraza de necesidad cósmica, las preguntas comienzan
a parecer sacrilegios.
EL REPARTO DE LOS PAPELES
La escena
tiene una lógica impecable.
Los
dirigentes habrían sido apóstoles, emperadores, filósofos, libertadores,
inventores o maestros.
Los
afiliados, en cambio, son simplemente “hermanos”.
Los primeros
aportan sus supuestas glorias pasadas.
Los segundos
aportan su tiempo, su trabajo, sus viajes, sus inscripciones, sus donaciones y
su silencio.
Es una
división del trabajo espiritual admirablemente conveniente.
Unos fueron
emperadores.
Otros deben
pagar la entrada.
Unos fueron
apóstoles.
Otros deben
buscar alojamiento.
Unos fueron
libertadores.
Otros deben
obedecer.
Unos fueron
grandes filósofos.
Otros son
reprendidos por pensar demasiado.
Unos
recuerdan vidas extraordinarias.
Otros deben
agradecer que les permitan participar de la misión de los extraordinarios.
Y así, casi
sin advertirlo, la comunidad deja de estar formada por personas espiritualmente
iguales y comienza a dividirse entre protagonistas y extras.
Los
protagonistas poseen nombres cósmicos.
Los extras
acomodan las sillas.
DE LA REENCARNACIÓN AL PODER
Estas
historias no pueden analizarse aisladamente de todo lo que se ha venido
observando alrededor de la organización del denominado Congreso IGCA CEI.
Durante
meses se han planteado preguntas sobre la insistencia en las inscripciones, la
recaudación, el traslado a Toledo, la capacidad de los espacios, los
alojamientos, las habitaciones, las cadenas de oración y el lenguaje utilizado
para convencer a los afiliados de que la asistencia al encuentro tendría un
valor espiritual excepcional.
También se
ha señalado una contradicción constante entre la retórica de sacrificio
espiritual y la falta de explicaciones claras acerca de decisiones humanas,
administrativas y económicas.
En ese
contexto, la fabricación de una élite compuesta por supuestos maestros
reencarnados no es un detalle menor.
Cumple una
función.
Cuanto más
elevado parece el dirigente, más pequeña parece la pregunta del afiliado.
Cuanto más
glorioso es su pasado imaginado, menos necesario resulta explicar su presente.
¿Por qué
Toledo?
¿Por qué
allí?
¿Por qué
esos costos?
¿Por qué
continuar pidiendo inscripciones?
¿Por qué
determinadas personas deciden y las demás solamente reciben comunicados?
¿Por qué se
espiritualizan cuestiones que deberían explicarse mediante cifras, documentos y
argumentos concretos?
Si quien
toma la decisión es visto como un hombre común, deberá responder.
Pero si es
contemplado como Juan de Patmos, Aristóteles, Atahualpa o un maestro oculto, la
respuesta puede ser reemplazada por el misterio.
Y el
misterio, cuando entra en la contabilidad, suele convertirse en una cortina muy
útil.
EL CONGRESO DE LOS ELEGIDOS
El Congreso
IGCA CEI ha sido presentado en distintos momentos con un lenguaje que parece
situarlo mucho más allá de un simple evento institucional.
Se ha
hablado de misión, de unidad, de compromiso espiritual, de asistencia necesaria
y de colaboración.
Se ha pedido
a las personas que participen, que aporten, que viajen o que acompañen incluso
“de corazón” cuando no puedan estar presentes.
La pregunta
es inevitable:
¿Quién
construye esa sensación de urgencia?
¿Quién
decide que un congreso posee una importancia tan extraordinaria?
¿Quién se
beneficia económica, simbólica o institucionalmente de esa convocatoria?
¿Y qué papel
desempeña en todo esto la imagen de dirigentes supuestamente investidos con
identidades espirituales excepcionales?
No es lo
mismo recibir una invitación de un organizador que recibir el llamado de
alguien presentado como un maestro.
No es lo
mismo rechazar una propuesta administrativa que desobedecer una misión
espiritual.
No es lo
mismo pedir un balance a una comisión que cuestionar a un supuesto apóstol.
La grandiosidad
no es decoración.
La
grandiosidad puede ser un método de gobierno.
MITOMANÍA SIN DIVÁN
La palabra
“mitomanía” debe emplearse aquí con prudencia.
No
corresponde realizar diagnósticos clínicos a distancia ni adjudicar trastornos
psicológicos a personas sin una evaluación profesional.
Cuando
hablamos de mitomanía institucional no nos referimos a una enfermedad
psiquiátrica comprobada.
Hablamos de
una cultura.
Una cultura
de relatos grandiosos.
De títulos
extraordinarios.
De nombres
secretos.
De genealogías
espirituales imposibles de comprobar.
De
personajes que parecen necesitar una biografía cósmica para sostener su
autoridad terrestre.
La mitología
personal puede ser inofensiva cuando permanece en el terreno íntimo.
Cada persona
tiene derecho a interpretar sus sueños, sus intuiciones y sus experiencias
interiores como considere conveniente.
Pero cuando
esa mitología organiza jerarquías, inspira obediencia, desalienta preguntas o
protege decisiones económicas e institucionales, deja de ser un asunto exclusivamente
privado.
En ese
momento se convierte en un fenómeno social.
Y los
fenómenos sociales pueden y deben ser examinados.
LA FÁBRICA DEL DESLUMBRAMIENTO
Toda
estructura autoritaria necesita producir una distancia entre quienes mandan y
quienes obedecen.
Algunas
utilizan uniformes.
Otras
utilizan títulos académicos.
Otras
emplean ceremonias, símbolos, secretos o lenguajes incomprensibles.
Las
organizaciones espirituales pueden producir esa distancia mediante la promesa
de que sus dirigentes no son exactamente personas comunes.
Son seres
realizados.
Maestros.
Iniciados.
Almas
antiguas.
Reencarnaciones
de figuras célebres.
El objetivo
no siempre es convencer mediante argumentos.
A veces
basta con deslumbrar.
El
deslumbrado no observa con claridad.
Mira hacia
arriba.
Idealiza.
Completa con
su imaginación aquello que nunca le demostraron.
Y cuando
finalmente descubre una contradicción, no siempre culpa al dirigente.
Muchas veces
se culpa a sí mismo.
Tal vez no
comprendió.
Tal vez no
posee suficiente conciencia.
Tal vez su
ego lo hace dudar.
Tal vez está
siendo tentado.
Tal vez sus
preguntas revelan una falta de trabajo interior.
Así funciona
la trampa perfecta: quien duda de la autoridad termina dudando de su propia
capacidad para comprenderla.
NADIE FUE CAMPESINO
Existe una
pregunta sencilla que derrumba buena parte de este palacio imaginario:
¿Por qué
casi nadie recuerda haber sido una persona anónima?
La inmensa
mayoría de los seres humanos que vivieron sobre la Tierra no fueron
emperadores, apóstoles, inventores ni filósofos famosos.
Fueron
campesinos.
Pastores.
Pescadores.
Soldados.
Sirvientes.
Madres que
murieron en el parto.
Niños que no
llegaron a la edad adulta.
Personas
cuyos nombres desaparecieron para siempre.
Si la
reencarnación fuese una ley general de la existencia, la probabilidad de haber
sido alguien desconocido sería infinitamente mayor que la de haber sido un personaje
célebre.
Sin embargo,
en ciertos relatos espirituales ocurre lo contrario.
Los grandes
hombres parecen reencarnar con una frecuencia asombrosa.
Los
anónimos, en cambio, no regresan nunca o regresan sin memoria.
Quizá porque
una vida anónima no concede prestigio.
No abre
puertas.
No funda
linajes.
No convierte
una opinión en enseñanza.
No
transforma una ambición en mandato cósmico.
Decir “fui
un campesino que murió sin dejar descendencia” no produce reverencia.
Decir “fui
Juan de Patmos” modifica inmediatamente la iluminación del salón.
LA CORTE DE LOS NOMBRES PRESTADOS
Hay algo
grotesco en esta corte de identidades prestadas.
Un hombre
entra en una habitación con su nombre civil y sale convertido en maestro.
Otro
descubre que detrás de sus gestos se escondía un filósofo griego.
Un tercero
encuentra en alguna visión el uniforme de un libertador.
Las familias
comienzan a poblarse de dioses, iniciados y seres elementales.
La historia
ya no es una disciplina.
Es un
ropero.
Cada cual se
prueba el traje que mejor combina con su posición actual.
El apóstol
para el dirigente religioso.
El filósofo
para el doctrinario.
El
libertador para quien desea ser visto como conductor de pueblos.
El emperador
para quien necesita una corona invisible.
El inventor
para quien busca una mente extraordinaria.
No se elige
una vida pasada al azar.
Se elige,
consciente o inconscientemente, una vida que otorgue sentido, prestigio y
autoridad a la vida presente.
Y el pueblo
contempla el desfile.
Aplaude.
Se emociona.
Cuenta las
anécdotas en voz baja.
Las
transmite a los nuevos.
Las
convierte en tradición.
Después
alguien pregunta dónde se originó todo aquello.
Y nadie lo
recuerda con precisión.
“Se decía”.
“Alguien lo
contó”.
“El maestro
lo confirmó”.
“Eso se sabe
internamente”.
“Los que
tienen conciencia pueden comprenderlo”.
Así nacen
las leyendas institucionales.
No necesitan
documentos.
Necesitan
repetición.
LA PREGUNTA PROHIBIDA
Toda
comunidad verdaderamente espiritual debería poder soportar preguntas.
Una doctrina
que se derrumba ante una consulta honesta no es una doctrina fuerte.
Una
autoridad que necesita presentarse como reencarnación de un gran personaje para
ser respetada quizá no posea autoridad suficiente en su vida actual.
La pregunta
no debería ser considerada una traición.
La duda no
debería convertirse en defecto psicológico.
La solicitud
de explicaciones no debería interpretarse como falta de fe.
Preguntar
quién verificó una identidad pasada no es atacar la reencarnación.
Preguntar
por qué estas identidades se concentran en dirigentes y allegados no es
perseguir una religión.
Preguntar
qué efecto producen estas afirmaciones sobre los afiliados no es burlarse de la
espiritualidad.
Es ejercer
el pensamiento.
Y pensar no
debería ser un pecado dentro de una escuela que afirma buscar el despertar de
la conciencia.
EL VERDADERO JUICIO
Quizá nunca
sepamos quién fue cada persona en una supuesta existencia anterior.
Tal vez
alguno haya sido un emperador.
Tal vez otro
haya sido un mendigo.
Tal vez
todos hayamos sido muchas cosas.
O tal vez
estos relatos sean construcciones destinadas a llenar vacíos, justificar
privilegios y fabricar obediencia.
Pero existe
una evaluación mucho más sencilla.
No
necesitamos viajar a la antigua Grecia.
No necesitamos
consultar archivos celestiales.
No
necesitamos invocar a Juan de Patmos, a Aristóteles, a Simón Bolívar, a
Atahualpa ni a Thomas Alva Edison.
Basta con
observar el presente.
¿Cómo
administran?
¿Cómo
explican?
¿Cómo
responden a las críticas?
¿Cómo tratan
a quienes disienten?
¿Qué ocurre
con el dinero?
¿Qué ocurre
con las promesas?
¿Qué ocurre
cuando alguien pregunta?
¿Qué ocurre
cuando una persona deja de creer?
¿Qué ocurre
cuando el afiliado ya no acepta el papel de espectador?
Ese es el
verdadero juicio.
No el de una
vida anterior imposible de verificar.
El de esta
vida.
Aquí.
Ahora.
Con nombres
actuales.
Con
responsabilidades actuales.
Con
decisiones actuales.
EL PANTEÓN SE CIERRA
La visita ha
terminado.
Pueden
abandonar el recinto.
A la salida
encontrarán, probablemente, una mesa de inscripción.
Los
apóstoles continúan dentro.
Los
emperadores deliberan.
Los
filósofos interpretan los símbolos.
Los
libertadores organizan la próxima convocatoria.
Los
inventores encienden las luces.
El pueblo,
como siempre, recoge las sillas.
Pero antes
de marcharse conviene dejar una última pregunta escrita sobre la puerta:
¿Por qué una
persona que dice poseer la verdad necesita el nombre de un muerto ilustre para
que la escuchen?
Y otra más:
¿Por qué quienes
aseguran haber sido grandes hombres en otras vidas encuentran tantas
dificultades para ofrecer explicaciones claras y humanas en esta?
Al final,
poco importa quién dice haber sido cada uno.
Lo
verdaderamente importante es qué está haciendo hoy con el poder que administra,
con la confianza que recibe y con la conciencia de quienes lo siguen.
Porque quizá
el problema nunca haya sido la reencarnación.
Quizá el
problema sea utilizar el pasado invisible para gobernar el presente visible.
Y mientras
algunos continúan repartiendo coronas, apostolados y nombres sagrados, el
pueblo comienza lentamente a despertar.
Ya no mira
las estatuas.
Mira las
cuentas.
Ya no
pregunta quiénes fueron.
Pregunta
quiénes son.
Y, sobre
todo, qué están haciendo.




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