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12 de junio de 2026

Desde Perú: carta de despedida de una persona afiliada a la IGCA CEI

 

 Desde Perú: carta de despedida de una persona afiliada a la IGCA CEI



Cuando la conciencia ya no puede obedecer en silencio

En los últimos tiempos han comenzado a circular testimonios internos de personas que formaron parte de la IGCA CEI y que, desde distintos países, expresan inquietudes profundas sobre el funcionamiento institucional, el manejo económico, la obediencia exigida y el lugar real que ocupa la conciencia individual dentro de la estructura.

Uno de esos documentos proviene de Perú. Se trata de una carta dirigida a los miembros de la junta sacerdotal del Lumisial Logos Raphael, en Lima. La persona firmante expone allí una despedida, pero también un llamado de atención. No se presenta como un ataque a la doctrina espiritual ni a la búsqueda interior, sino como una ruptura ética frente a una forma de conducción institucional que, según su percepción, habría terminado ahogando a los propios estudiantes.

Desde el inicio, la carta señala un problema concreto: la disminución considerable de la grey que asiste a los trabajos y de quienes realizan aportes para cubrir gastos de alquiler, servicios y sostenimiento del Lumisial. La persona afirma que esta situación no sería exclusiva de su grupo, sino que también estaría ocurriendo en otros Lumisiales de la diócesis de Lima.

La pregunta que atraviesa el documento es directa: ¿de qué sirve ingresar nuevos estudiantes si no se sostienen los que ya estaban dentro? Esta frase revela una crítica de fondo: la sensación de que los miembros dejan de ser vistos como seres humanos en proceso espiritual y pasan a convertirse en números reemplazables.

El peso económico sobre la grey

Uno de los temas más fuertes de la carta es la cuestión económica. La persona firmante denuncia una “constante e interminable recaudación de fondos” para múltiples actividades, aun cuando apenas se cubrirían los gastos básicos de los Lumisiales. Según el testimonio, la respuesta institucional ante la falta de recursos habría sido siempre la misma: pedir más dinero.

Este punto es central porque desplaza el problema desde lo meramente administrativo hacia lo ético. No se cuestiona la colaboración voluntaria ni el sostenimiento razonable de un espacio espiritual. Lo que se cuestiona es la transformación de la pertenencia espiritual en una presión económica permanente.

La carta expresa que la impresión dejada por la institución, tanto en Venezuela como en Lima, es que los miembros de segunda cámara serían valorados principalmente por su capacidad de aportar dinero. En esa lectura, las primeras cámaras funcionarían como lugares de reemplazo: si alguien se aleja, otro ingresará para ocupar su lugar.

Esa percepción es grave porque toca una de las heridas más sensibles de cualquier institución espiritual: cuando el ser humano deja de ser acompañado en su proceso interior y comienza a ser medido por su utilidad económica.












 




Obediencia, silencio y apariencia

Otro punto importante del documento es la crítica a la obediencia institucional. La persona firmante cuestiona la idea de que pertenecer a una organización, cumplir órdenes o someterse a directivos pueda confundirse con fidelidad al Cristo o con verdadero trabajo interior.

La carta lo expresa de manera contundente: la lealtad espiritual no se mide por la afiliación institucional, ni por los cargos, ni por la antigüedad, sino por el trabajo real sobre la conciencia.

Aquí aparece uno de los núcleos más profundos del testimonio: la diferencia entre disciplina y sometimiento. Toda escuela espiritual seria puede tener normas, orden, métodos y prácticas. Pero cuando la disciplina se convierte en obediencia ciega, y cuando el silencio se exige para proteger apariencias, la institución deja de formar conciencias y comienza a domesticar voluntades.

La persona firmante acusa a ciertos sectores de preferir cuidar cargos, apariencias y rumores antes que mirar de frente la crisis interna. Esa observación abre una pregunta inevitable: ¿puede una institución hablar de despertar de la conciencia si castiga o margina a quienes se atreven a pensar, preguntar o señalar irregularidades?

La crisis de confianza

El testimonio también menciona situaciones graves atribuidas al CEI, a Venezuela, a España y a otros conflictos internos. Por prudencia editorial, esas afirmaciones deben ser leídas como parte del relato contenido en la carta, y no como hechos verificados aquí de manera independiente.

Sin embargo, incluso dejando de lado lo que requeriría documentación adicional, el valor del documento está en la crisis de confianza que expresa. La persona no escribe desde la indiferencia. Escribe desde el desgaste, desde la decepción y desde la imposibilidad de seguir justificando lo que considera una contradicción entre discurso espiritual y práctica institucional.

La frase más significativa del cierre es esta idea: el problema no sería económico, sino ético. La persona aclara que sus aportes al Lumisial fueron dados con amor, pero que no desea comprometer su camino ni sus valores apoyando algo que considera irregular.

Ese matiz es importante. No se trata de alguien que rechaza colaborar. Se trata de alguien que afirma haber llegado a un límite de conciencia.

Despertar no es obedecer sin pensar

La parte final de la carta tiene una fuerza especial porque resume el conflicto espiritual de fondo. La persona escribe que despertar no es obedecer sin pensar, no es callar ante lo injusto, no es entregar la conciencia a una autoridad administrativa, no es aceptar que otros decidan sobre la vida privada y no es confundir disciplina con sometimiento.

Estas frases podrían convertirse en el centro del artículo porque expresan una crítica que va más allá de una organización concreta. Señalan un peligro universal en todo grupo espiritual cerrado: el momento en que la estructura se vuelve más importante que la conciencia, el cargo más importante que la verdad, y la obediencia más importante que el discernimiento.

Cuando una institución espiritual exige silencio ante lo que duele, algo se ha invertido. Cuando la lealtad se mide por la sumisión y no por la verdad interior, el camino deja de liberar y comienza a encerrar.

Una despedida que funciona como advertencia

La carta no termina con odio. Termina con agradecimiento por la amistad recibida y por los momentos compartidos. Pero también termina con una decisión firme: no mantener compromisos con irregularidades por razones emocionales.

Esa despedida es significativa porque muestra el proceso de una persona que parece haber intentado permanecer, sostener vínculos y conservar afectos, pero que finalmente decide retirarse para no traicionar sus propios valores.

En ese sentido, la carta desde Perú no es solamente una renuncia. Es una advertencia. Advierte que cuando las instituciones espirituales pierden transparencia, cuando la grey se siente usada, cuando el dinero ocupa el centro, cuando la obediencia reemplaza la conciencia y cuando las autoridades prefieren las apariencias antes que la verdad, el resultado inevitable es el alejamiento.

Y tal vez allí esté la frase no escrita que atraviesa todo el documento:

ninguna institución puede hablar de despertar si necesita que sus miembros permanezcan dormidos.

 

 

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